
Sustituí el interior del templo por un lugar en el campanario, rodeada por la niebla que se prendía a las montañas que nos rodeaban en aquel paraje de Vegacervera. Y en aquella fría paz, me asaltaron estos versos.

Entre el enfurecido arrullo
del agua que hierve entre las rocas,
suena a muerte.
Suena a muerte el murmullo de la gente
agolpada a las puertas de la iglesia,
el graznido lejano de algún cuervo
rompiendo la densa calma de la niebla,
y el casual trino de un ave solitaria.
Subo al campanario,
donde duermen los badajos un sueño
de bronce abandonado,
y siento como cae la tarde
tras nubes que arrastran
un sabor a invierno.
Tras los rumores de la fría tarde
hay un silencio que suena a muerte.
Tras la niebla que se aferra helada a las montañas,
el velo gris con que se pinta la muerte.
Y ese olor tibio y denso del incienso
subiendo al campanario
para anunciar como huele el aroma de la muerte.