miércoles, 11 de septiembre de 2013

ÁNGELES CAÍDOS. Un relato para el Centenario del Palacio de Gaudí



Leo en un periódico como, en este año de centenaria celebración en torno al Palacio de Gaudí surge para el público el proyecto "El palacio escondido" y no puedo por menos que recordar aquellos momentos en los que yo deambulaba por el mismo a través de los juegos, principalmente el escondite, en compañía de una niña cuyo nombre no llego a recordar nítidamente y que debía ser la hija del guardés de entonces. Imagino que aún el museo no estaba en marcha, o si lo estaba eran momentos muy incipientes en los que nosotras irrumpíamos en las salas sin que nadie nos llamase la atención. Recuerdo un salón con un gran mesa de comedor y, junto a las paredes, inmensos aparadores donde se exhibían vajillas del tipo de las de la Cartuja de Sevilla. Recuerdo pararme frente a ellas y comentarle a mi amiga que eran como las que se guardaban en casa de mi abuela para los días de fiesta. 

Pero lo que más recuerdo era como jugábamos a escondernos en el gran foso al que accedíamos por alguna pequeña puerta del sótano, corriendo sin parar de un lado para otro, arrancando en alguna ocasión ejemplares de las "Milflores" que crecían a veces entre las piedras de los muros. Y, sobre todo, sobre todo, aquellas moles impresionantes que se elevaban sobre pedestales más altas que nosotras y que parecían observarnos con hueca y fría mirada. 

Con el paso del tiempo, sustituida la infancia por la adolescencia y por los primeros años de juventud, los juegos dieron paso a momentos de esparcimiento más tranquilo  por el pequeño paseo que proporcionaba su reducido tramo de muralla, siempre con la presencia callada de aquellos arcángeles que no encontraban su lugar definitivo, lleno el entorno de sugerentes rincones para jugar a hacer fotografías. 

La presencia del Palacio forma, pues, parte importante de mi proceso de crecimiento y he de decir que desde bien pequeña tuve la suerte de contar con mi propio "palacio escondido", ese que muy pocas personas podían conocer, ese de cuyos recuerdos surgió el relato que aquí dejo en homenaje a aquellos días y a cuantas personas los compartieron con la niña que era yo entonces. 

ÁNGELES CAÍDOS

Estaban allí. Vigilando nuestros movimientos desde sus altos pedestales de granito, desde la intensa frialdad de sus grandes ojos plomizos.

       Acechaban nuestros pasos y carreras por el foso inútil de aquel palacio que parecía, parece aún, de juguete  o más bien de cuento de hadas, siguiendo de cerca nuestros juegos de princesas atrevidas – aún ni siquiera adolescentes – en la quietud de aquellas paredes de castillo encantando.

    Parecían seguir nuestras evoluciones a través de las grandes cristaleras de colores, mientras nosotras tratábamos de ignorarlos, de mantener lejos de nuestras mentes de niñas el temor que nos causaba su impávida quietud, al tiempo que vagábamos por las grandes estancias, sentándonos a la inmensa mesa de comedor de la primera planta, jugando por el foso inútil que rodeaba el edificio, mientras cogíamos “milflores” nacidas entre los muros de la antigua muralla sobre la que se asentaba, imaginando historias de princesas encantadas.    

Ellos eran tres, tres ángeles gigantescos o más bien arcángeles, aunque nunca los llamamos de esta forma... Eran los ángeles del palacio. Aquellos que un día debieron haber culminado su parte más alta y que, una vez desaparecido el “padre” arquitecto que los había ideado, nadie supo cómo colocar en los lugares para ellos destinados.  Nunca pude entender como Gaudí pretendió culminar el palacio con ellos. Me parecían tan grandes, tan pesados, que imaginaba no había torre ni pináculo capaz de soportar su sobriedad. Y de hecho, el sustituto de tan especial cabeza no dio con la solución para ello, y allí los dejó, guardianes impasibles de lo que pasaba alrededor con la simple mirada de su altura distante que les daba su inmenso tamaño... situados en el pequeño jardincillo que rodeaba el palacio episcopal, sobre sus correspondientes  pilares, mucho más altos que cualquiera de nosotros por mucho que pudiéramos llegar a crecer.

Parecían mirarnos expectantes, desde su altura, vigilando nuestros juegos y actos. Personalmente, a veces llegaban incluso a intimidarme, pareciendo reprobar mis actuaciones. Pero otras veces se convertían en testigos amistosos de nuestros juegos. Y , eso sí, siempre estaban allí, grandes, majestuosos.


Pero un buen día, para nuestra sorpresa,  desaparecieron de su pedestal, dejando un importante vacío en aquel espacio que tan grandiosamente ocupaban.

 Para mí la sorpresa se convirtió en susto  cuando, aquel mismo día,  entré en casa de mi abuelo, situada a pocos pasos del recinto del palacio.


 Mi abuelo era el fontanero de la comarca. La parte baja de su casa de dos plantas estaba dedicada toda a ella a su negocio y allí se amontonaban en tres habitaciones y un zaguán materiales de fontanería: herramientas, tuberías, codos, grifos, rollos de esparto, ... dotando este espacio de un olor especial que aún muchas veces se me agolpa en la memoria y en la boca.

                Allí, en el lugar por el que yo me deslizaba a menudo observando el trabajo concentrado de mi abuelo, que en muchas ocasiones torneaba artísticamente los tubos, yacía humillado uno de aquellos “angelicales” colosos. Dormía en la penumbra del portalón, compartiendo su grandiosidad caída con las largas y plúmbeas cañerías  que ocupaban aquella parte baja de la casa, un ángel caído que reposaba  frío y quieto entre tuberías y herramientas.

Acababa de llegar del colegio cuando, nada más entrar, fue su inmensa mole lo primero que me encontré, sus grandes ojos vacíos acechándome desde el familiar zaguán. Su cuerpo yacía como un material más que pudiera ser moldeado y trabajado de forma caprichosa por las manos artesanas de mi abuelo.

                 Toda aquella grandiosidad humillada ahora  en el suelo del taller de fontanería debería haberme parecido menos aterradora pero, muy al contrario, tener tan cerca de mi cara de niña su enorme rostro de ángel caído me causó una gran inquietud.

                Acerqué mis manos hasta su gran cuerpo inerme en un intento por perderle de una vez por todas el respeto temeroso que me inspiraba. Lo toqué con miedo sin saber a ciencia cierta la sensación que esperaba recibir....

                Estaba frío, frío como los tubos de plomo que a diario manejaba mi abuelo y que invadían todo el taller, sobre los que yo me subía de vez en cuando haciendo equilibrios por su resbaladiza y redonda superficie amontonada.

                Por un momento estuve, efectivamente, muy cerca de perderle el respeto, tentada de sentarme a horcajadas sobre su gran cuerpo caído. Pero algo (quizá fui yo misma) debió golpear aquel hueco esqueleto y una sonora y bronca  reverberación se extendió por todo él, como un profundo y continuado latido.

                Me asusté. Me asusté extremadamente y escapé de aquel taller, escapé también de casa de mi abuelo y me refugié en mi casa, situada no mucho más lejos.


                Aquella noche soñé de nuevo con aquellos grandes ojos vacíos e inquisitivos mirándome insistentemente, siguiéndome con fijeza por dondequiera que iba. Un sudor frío me bañaba por entero, empapando las sábanas mientras daba vueltas en sueños intentando esconderme a su mirada que parecía perseguirme con  insistencia.

                Desperté sobresaltada.... Estaba en mi cama. En mi casa. Lejos del taller de mi abuelo, y a salvo de los ángeles caídos. Suspiré aliviada al oír el sonido de la televisión que mis padres veían en la habitación de al lado. Pero como un instinto de protección me agarré con fuerza a las sábanas de mi cama y me tapé con ellas hasta la cabeza. Después de un rato de seguir escuchando el familiar ronroneo televisivo, conseguí quedarme dormida de nuevo, esta vez sin sobresaltos.

                Al día siguiente el ángel aún continuaba en el portalón de mi abuelo. Y allí permaneció todavía durante varios días, sustituido después por sus otros dos compañeros. Y durante ese tiempo yo me deslizaba cada día por la escalera, hacia la parte de arriba de la casa, intentando mantener mi mirada de niña temerosa alejada de la  suya, fría y vacía, intentando pasar lo más lejos posible de aquella plomiza mole derrumbada.

                Al cabo de un tiempo, los ángeles volvieron a su lugar habitual, a sus pedestales,  ya reparados por las manos expertas de mi abuelo. Por circunstancias de la vida yo comencé a frecuentar cada vez menos el palacio, pues la amiga con la que compartía mis juegos en sus salas, se fue.

Ya de un poco mayor acudí de nuevo a este espacio. Estudiaba en el instituto, que estaba justo al lado, y la zona era perfecta para dejar transcurrir la escasa media hora de  descanso que teníamos  durante las clases de la mañana. Pero, durante un tiempo, aún mucho tiempo, evité mirar sus grandes ojos vacíos...


Han pasado los años. Cambiados de ubicación, los ángeles siguen en el entorno palaciego, vigilando con su apostura lo que pasa alrededor, como guardianes eternos de mitos, de leyendas, de tantas cosas. Se ha pasado el temor infantil. Pero aún hoy me pregunto si guardan algún misterio cuando nadie consiguió colocarlos en las alturas para las que su creador los había ideado, y me pregunto también si habrán causado en alguien más, durante todos los años que llevan vigilando, el  mismo temor incierto que un día a mí me causaron.
                                                                                                  M.G.R

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