lunes, 8 de noviembre de 2010

La novia: la inolvidable experiencia de una gran obra teatral en un pequeño teatro de cámara.

Surgió de repente. Entre las primeras oscuridades de estas recién estrenadas noches de otoño. En una pequeña calle no muy lejos de la Plaza de Atocha y el Centro de Arte Reina Sofía. Imperceptible casi, escondido tras un pequeño letrero y un vieja puerta de una de esas casas tradicionales de tres o cuatro pisos que un día fueron seguramente "corrales de vecinos" y que aún quedan en el Madrid más castizo. Allí estaba, escondido, el Teatro de Cámara Chejov. Sin pretensiones, humilde en su presencia pero gigante en su contenido.

Tras llamar a la puerta, aún cerrada al público, nos recibieron en el vestíbulo del viejo caserón, holl improvisado de un coquetón teatro que nos esperaba tras un pequeño patio, próximo, cercano a la vez que inmenso. Pronto apareció él, Antonio Gutiérrez, con sus ochenta años de experiencia y de maestría sobre las tablas, niño de la guerra, conocedor directo de Eisenstein, amigo y colaborador de Tarkovsky seguidor de la escuela de Stanislavski, largamente premiado y reconocido en Rusia y otros lugares y sin embargo, calladamente entregado a su labor teatral en este pequeño teatro fruto de su ilusión y de su empeño, tan cercano, tan próximo, recibiéndonos con un beso en la mejilla y un cálido apretón de manos, agradeciendo nuestra visita a este lugar de culto desde donde comparte desde hace casi treinta años la labor de toda una vida. 
Y luego llegó la obra. Una emocionante adaptación teatral de "La novia", relato de Antón Chéjov  que llegó hasta nosotros desde la cercanía de un patio de butacas que partían del mismo nivel del escenario, haciéndonos sentir con ello la cercanía de los sentimiento que los personajes pretendían transmitirnos, contagiándonos con su emoción, con sus miedos, con sus arrebatos de alegría..., sobre todo a través del personaje de Tania, una joven novia de 23 años, que ayudada por las palabras de Sascha, descubre que su vida puede ser algo más que casarse y decide anular la boda para irse a estudiar a San Petersburgo. Una obra con casi un siglo y medio de edad que, sin embargo, nos ofrece un discurso tremendamente actual: la necesidad de vivir por sí mismo, de estudiar para descubrir los caminos de la propia vida. También, y sobre todo, para las mujeres.
La interpretación, todo un logro que consiguió captar la atención (al menos la mía) a pesar del intenso y agotador día que nos había llevado de exposición en exposición.

Una experiencia inolvidable para quienes aman el teatro, pero seguramente también para quienes puedan acudir al mismo sólo en aras de la curiosidad. Un descubrimiento, tanto la obra como la pequeña pero hermosa sala, que merece la pena tenerse en cuenta por quienes aún disfrutan de verdad del arte dramático.

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