viernes, 10 de diciembre de 2010
MANUELA REJAS. Una ilusionista de la vida
Manuela Rejas. El relato de una pequeña "gran" historia.
Manuela Rejas fue para mí una de esas personas que llegan a tu vida por casualidad y terminan por quedarse para siempre. Así, por casualidad fue como la conocí, y así por casualidad fue como nos hicimos amigas y empezamos a hacer cosas juntas de vez en cuando, muy de vez en cuando. La sensación que me produjo fue tal que quise que otras mujeres con las que trabajaba la conocieran. Me parecía que desde la dureza de su vida, pero también desde su arrojo y su valor, tenía mucho que decir y que aportar. Más tarde, conseguí que la Concejala de Mujer y Servicios Sociales del Ayuntamiento de Astorga, se interesase por ella, y al hilo de la presentación del cortometraje "Violeta y el baúl americano", basado en su propia vida preparamos una primera presentación oficial en el marco de la Semana de la Mujer del 2009.
Estábamos preparándole un merecido homenaje en el marco que ella más amaba (aparte de la literatura) , el de la magia, que había sido uno de los mayores alicientes de su vida, además de su profesión, cuando se nos fue un triste día de marzo.
Me di cuenta entonces de que aún había muchas personas por descubrirla, que podían ver en ella un ejemplo de superación y arrojo, y que darla a conocer era importante en el proceso de visibilización de las mujeres y de sus logros que hacía tiempo había comenzado. Así que me puse en contacto con el director de la revista "Filandón" que se edita los domingos en el Diario de León y le propuse el artículo. Era el último homenaje que podía rendirle a una amiga que en el poco tiempo que pude disfrutarla me aportó tantas cosas. Y a una mujer que representaba el arrojo de tantas otras que, en tiempos tan difíciles de nuestra historia, supieron salir adelante y sentar - tal vez sin ellas saberlo - unas bases en pos de la igualdad de las que ahora estamos aquí , luchando por unos ideales largamente perseguidos.
Y, por fin, tras varios meses de espera, ha salido a la luz el reportaje que quise dedicarle a Manuela, nuestra Manuela Rejas. Vio la luz el cinco de diciembre, y me pilló fuera de estas tierras, por lo que supe de su publicación a través del comentario de una amiga común.
Os ofrezco ahora el enlace para acceder al mismo, y recordarla o conocerla un poquito a través de él. Es la edición digital, así que va sin fotos. Espero poder ofreceroslo pronto con las mismas.
viernes, 3 de diciembre de 2010
Ana María Matute, Premio Cervantes 2010
No quiero terminar esta reflexión sin hacer mención de nuevo a la juventud con la que comenzó a escribir, aliento para jóvenes como las que ganaron, el pasado mes de noviembre, el primer concurso de relatos de Astorga "Jóvenes por la Igualdad Efectiva". A sus diecinueve años, Ana María Matute ya comenzó a publicar sus primeros relatos en la prestigiosa revista literaria del momento "Destino" (corrían los años 40) logrando poco después (en 1948) quedar finalista del por entonces ya prestigioso Premio Nadal. Además de obtener desde entonces prestigiosos galardones literarios, Ana María Matute ha sido también la segunda mujer en acceder a la Real Academía de la lengua española (R.A.E.), cosa que haría en 1996, tras Carmen Conde. Este año ha estado también nominada al Premio Príncipe de Asturias de las Letras. sábado, 27 de noviembre de 2010
ELOGIO A LA MUJER BRAVA, de Héctor Abad.
A los hombres machistas, que somos como el 96 por ciento de la población masculina, nos molestan las mujeres de carácter áspero, duro, decidido.Tenemos palabras denigrantes para designarlas: arpías, brujas, viejas, traumadas, solteronas, amargadas, marimachas, etc. En realidad, les tenemos miedo y no vemos la hora de hacerles pagar muy caro su desafío al poder masculino que hasta hace poco habíamos detentado sin cuestionamientos. A esos machistas incorregibles que somos, machistas ancestrales por cultura y por herencia, nos molestan instintivamente esas fieras que en vez de someterse a nuestra voluntad, atacan y se defienden.
A los machistas jóvenes y viejos nos ponen en jaque estas nuevas mujeres, las mujeres de verdad, las que no se someten y protestan y por eso seguimos soñando, más bien, con jovencitas perfectas que lo den fácil y no pongan problema. Porque estas mujeres nuevas exigen, piden, dan, se meten, regañan, contradicen, hablan y sólo se desnudan si les da la gana. Estas mujeres nuevas no se dejan dar órdenes, ni podemos dejarlas plantadas, o tiradas, o arrinconadas, en silencio y de ser posible en roles subordinados y en puestos subalternos. Las mujeres nuevas estudian más, saben más, tienen más disciplina, más iniciativa y quizá por eso mismo les queda más difícil conseguir pareja, pues todos los machistas les tememos.
Pero estas nuevas mujeres, si uno logra amarrar y poner bajo control al burro machista que llevamos dentro, son las mejores parejas. Ni siquiera tenemos que mantenerlas, pues ellas no lo permitirían porque saben que ese fue siempre el origen de nuestro dominio. Ellas ya no se dejan mantener, que es otra manera de comprarlas, porque saben que ahí -y en la fuerza bruta- ha radicado el poder de nosotros los machos durante milenios. Si las llegamos a conocer, si logramos soportar que nos corrijan, que nos refuten las ideas, nos señalen los errores que no queremos ver y nos desinflen la vanidad a punta de alfileres, nos daremos cuenta de que esa nueva paridad es agradable, porque vuelve posible una relación entre iguales, en la que nadie manda ni es mandado. Como trabajan tanto como nosotros (o más) entonces ellas también se declaran hartas por la noche y de mal humor, y lo más grave, sin ganas de cocinar. Al principio nos dará rabia, ya no las veremos tan buenas y abnegadas como nuestras santas madres, pero son mejores, precisamente porque son menos santas (las santas santifican) y tienen todo el derecho de no serlo.
Envejecen, como nosotros, y ya no tienen piel ni senos de veinteañeras (mirémonos el pecho también nosotros y los pies, las mejillas, los poquísimos pelos), las hormonas les dan ciclos de euforia y mal genio, pero son sabias para vivir y para amar y si alguna vez en la vida se necesita un consejo sensato (se necesita siempre, a diario), o una estrategia útil en el trabajo, o una maniobra acertada para ser más felices, ellas te lo darán, no las peladitas de piel y tetas perfectas, aunque estas sean la delicia con la que soñamos, un sueño que cuando se realiza ya ni sabemos qué hacer con todo eso.
Los varones machistas, somos animalitos todavía y es inútil pedir que dejemos de mirar a las muchachitas perfectas.. Los ojos se nos van tras ellas, tras las curvas, porque llevamos por dentro un programa tozudo que hacia allá nos impulsa, como autómatas. Pero si logramos usar también esa herencia reciente, el córtex cerebral, si somos más sensatos y racionales, si nos volvemos más humanos y menos primitivos, nos daremos cuenta de que esas mujeres nuevas, esas mujeres bravas que exigen, trabajan, producen, joden y protestan, son las más desafiantes y por eso mismo las más estimulantes, las más entretenidas, las únicas con quienes se puede establecer una relación duradera, porque está basada en algo más que en abracitos y besos, o en coitos precipitados seguidos de tristeza. Esas mujeres nos dan ideas, amistad, pasiones y curiosidad por lo que vale la pena, sed de vida larga y de conocimiento.
¡Vamos hombres, por esas mujeres bravas!
Oro por que mi HIJA sean de éste maravilloso grupo y encuentren hombres que sepan apreciar a esta clase de nuevas mujeres !!!
jueves, 11 de noviembre de 2010
El silencio de los gorriones.
martes, 9 de noviembre de 2010
La novia: la inolvidable experiencia de una gran obra teatral en un pequeño teatro de cámara.
Y luego llegó la obra. Una emocionante adaptación teatral de "La novia", relato de Antón Chéjov que llegó hasta nosotros desde la cercanía de un patio de butacas que partían del mismo nivel del escenario, haciéndonos sentir con ello la cercanía de los sentimiento que los personajes pretendían transmitirnos, contagiándonos con su emoción, con sus miedos, con sus arrebatos de alegría..., sobre todo a través del personaje de Tania, una joven novia de 23 años, que ayudada por las palabras de Sascha, descubre que su vida puede ser algo más que casarse y decide anular la boda para irse a estudiar a San Petersburgo. Una obra con casi un siglo y medio de edad que, sin embargo, nos ofrece un discurso tremendamente actual: la necesidad de vivir por sí mismo, de estudiar para descubrir los caminos de la propia vida. También, y sobre todo, para las mujeres. Una experiencia inolvidable para quienes aman el teatro, pero seguramente también para quienes puedan acudir al mismo sólo en aras de la curiosidad. Un descubrimiento, tanto la obra como la pequeña pero hermosa sala, que merece la pena tenerse en cuenta por quienes aún disfrutan de verdad del arte dramático.
martes, 2 de noviembre de 2010
Sorpresa en el monte. (Relato)
Hace unos días estuve hablando con el grupo de voluntarias que en los últimos meses colaboran con la perrera de Astorga, en una difícil y hermosa tarea de atención a estos nobles animales, procurándoles compañía y un nuevo lugar que los acoja y les dé cariño. Algunas de las historias que me contaron sobre los perros que allí llegan resultan del todo escalofriantes y te hacen pensar en lo injustas que somos a veces las personas con unos animales que nos ofrecen tanto a lo largo de toda nuestra vida. Acababa de cumplir apenas catorce años. Catorce desgarbados y esmirriados años que bien podían haber pasado por alguno menos. Bastantes menos, diría yo. Quizá por eso había conseguido no salir antes con el ganado, como lo habían hecho sus hermanos a los que ahora se les habían encomendado tareas más duras, más de hombres. Pero Martín, en el fondo, había deseado con fuerza que llegase por fin ese momento. No sé, le daba la sensación de que allá arriba, en el monte, solo, con la única compañía de las ovejas y de su fiel perro, tendría tiempo para sí mismo, para dejar volar su imaginación y sus pensamientos lejos de la férrea vigilancia de sus mayores, que siempre le estaban echando en cara que se pasaba el día en la misma inopia.
Allá arriba nadie más que él mismo vigilaría el rumbo de sus pensamientos. Estaba, por tanto, seguro de que lo llevaría bien, a pesar de la opinión de sus hermanos que siempre le hablaban de aburrimientos, fríos, calores, sopores…Y comenzó su tarea diaria con la ilusión con que se afronta lo desconocido y lo largamente esperado.
Día tras día, avanzaba luego de mañana hacia los prados más frescos del cercano monte, con su rebaño y Nico, su fiel perro. No había querido otro. Nico era su compañero desde aquel día que lo encontró malherido y temblando entre unas matas, de donde lo rescató para salvarlo de la muerte que seguramente lo aguardaba de no haberse interpuesto Martín en su camino. Desde entonces se convirtieron en compañeros inseparables y Nico iba donde su joven amo iba. No era un perro de raza, sino uno de esos cruces indefinidos que – Martín estaba seguro de ello – eran los que le proporcionaban la tremenda simpatía que irradiaba y su enorme inteligencia.
Aquella mañana descansaban juntos bajo la sombra de una gran encina, mientras las ovejas pacían tranquilas a su alrededor, cuando Nico comenzó a dar signos de impaciencia. Martín lo acariciaba entre las orejas intentando averiguar qué era lo que ponía tan nervioso al perro, hasta que éste, con un par de ladridos, salió corriendo de su lado internándose entre el brezal que se extendía a sus espaldas. Sin dejar de ladrar, entraba y salía de entre los matorrales, empeñado en que el chico fuera tras él. Algo estaba, sin duda, poniendo nervioso al animal. Así que, Martín, echando un ojo al rebaño para comprobar que todo iba bien, se levantó y se dirigió en la dirección que los ladridos le marcaban. Nico salió en su busca una vez más trazando nerviosos círculos a su alrededor para volver a internarse entre las urces. Martín avanzaba con precaución aún sabiendo que si algún peligro le acechase su perro nunca lo dirigiría hacia él. De pronto, el animal se calló mientras se movía inquieto ante un matorral algo más alto que los demás. El chico avanzó con cuidado intentando apartar las escobas que le impedían ver lo que había detrás. La situación le recordó el día en que encontró al cachorrillo tembloroso y asustado que entonces era Nico y no lo dudó más. En un impulso definitivo separó las escobas y allí los descubrió. Era una camada entera. Apenas tendrían unos días a juzgar por el tamaño y el pelaje que presentaban sus cuerpos. Media docena de cachorrillos se apretujaban unos contra otros, como si quisieran desaparecer de la vista.
Martín nunca había visto nada igual. Se quedó mirándolos con ternura y no pudo resistir la tentación de coger entre sus brazos uno de aquellos pequeños rayones. Pero al hacerlo el pequeño jabato se puso a chillar, sin duda impulsado por el miedo y el instinto de supervivencia. Se escuchó entonces un agitado hollar de pisadas entre los matorrales más próximos y unos gruñidos más que amenazadores. Al chico, apenas le dio tiempo a reaccionar con el rayón aún entre sus brazos cuando de pronto vio irrumpir como una mole en estampida a la jabalina madre. Acudía en respuesta a la llamada de sus cachorros, dispuesta a proteger a la camada de cualquier peligro que pudiera acecharles. Como un relámpago pasó por la mente de Martín el recuerdo de relatos contados en las noches de filandones sobre el ataque de los jabalíes y el desastre que los mismos causaban, y como esos ataques eran aún más peligrosos cuando las hembras defendían a sus cachorros. Asustado, su rostro se tornó blanco y sus piernas se paralizaron durante los segundos siguientes mientras el rayón seguía aún agitándose y gruñendo temeroso entre sus brazos, mientras la madre cargaba contra él “ciega de furia”, sus blancos colmillos en avanzadilla de un cuerpo pequeño pero vigoroso. Soltó al cachorro de su abrazo. Pero ya era tarde para parar el intempestivo y colérico ataque de la madre. Martín, aún paralizado por el miedo y la sorpresa, seguía con los pies clavados al suelo, sin fuerza para reaccionar. Y, sintiéndose perdido, cerró los ojos para no ver lo que se le venía encima.
Fue en ese mismo instante cuando oyó a Nico ladrarle con furia a la jabalina, mientras se tiraba desesperadamente hacia sus patas. Ella se revolvió violentamente contra el objeto de esos ataques pero, cuando ya estaba a punto de alcanzar al perro con sus colmillos, el pequeño Nico hizo un rápido requiebro y salió huyendo hacia un lado, perdiéndose entre los matorrales. La jabalina siguió tras de él, furiosa, olvidándose del chico que había sido el primer objetivo de su ataque. Martín, recuperando apenas la respiración, giró sobre sus pies en dirección contraria a la seguida por su fiel perro y, recobrado ya el aliento, salió de entre los matorrales como alma que lleva el diablo, dispuesto a ponerse a salvo antes de que aquella “fiera” volviese. Al otro lado, cada vez más lejos, se oía un revuelo de ladridos entremezclado con el furioso resoplar de la madre protectora.
Volvió junto al rebaño. Sabía que la jabalina no se acercaría hasta los campos abiertos desamparando a su camada. Pero se quedó al pie de la vieja encina por si se veía obligado a subirse a ella para evitar un nuevo ataque de la hembra. Las ovejas, mientras tanto, pacían despreocupadas de cualquier peligro. Al cabo de un rato, de un buen rato, apareció el pequeño Nico, sudoroso y jadeante entre los matorrales. Parecía tranquilo y satisfecho. Se acercó al joven y lamió juguetón sus brazos y su rostro.
Felices de nuevo, rodaron juntos por el suelo ajenos a la bóvida mirada de las ovejas que los observaban desde la distancia. Cuando se cansaron, se quedaron juntos, tumbados en la hierba, vuelta la mirada de Martín hacia las nubes, la cabeza de Nico desmadejadamente apoyada en su pecho. Una vez más, le rascó la cabeza, entre las orejas, donde más le gustaba, mientras sus pensamientos bordaban en sus labios el esbozo de una sonrisa:
“y pensar que sus hermanos le decían de lo aburrido que era llevar a los pastos el rebaño! Apenas llevaba una semana subiendo al monte y ya había vivido una primera aventura. Tal vez si la contaba en el primer filandón del invierno la niña Paula le dedicara al menos una mirada, quien sabe si una sonrisa…, una laaaaarga y blanca sonrisa”
Pero sólo Nico y él conocerían la verdadera historia de cómo ocurrió todo. Y sabía que su perro no iba a delatarlo. Así Paula lo admiraría por su enorme valentía.





