jueves, 12 de septiembre de 2013

ÁNGELES CAÍDOS. Un relato para el Centenario del Palacio de Gaudí



Leo en un periódico como, en este año de centenaria celebración en torno al Palacio de Gaudí surge para el público el proyecto "El palacio escondido" y no puedo por menos que recordar aquellos momentos en los que yo deambulaba por el mismo a través de los juegos, principalmente el escondite, en compañía de una niña cuyo nombre no llego a recordar nítidamente y que debía ser la hija del guardés de entonces. Imagino que aún el museo no estaba en marcha, o si lo estaba eran momentos muy incipientes en los que nosotras irrumpíamos en las salas sin que nadie nos llamase la atención. Recuerdo un salón con un gran mesa de comedor y, junto a las paredes, inmensos aparadores donde se exhibían vajillas del tipo de las de la Cartuja de Sevilla. Recuerdo pararme frente a ellas y comentarle a mi amiga que eran como las que se guardaban en casa de mi abuela para los días de fiesta. 

Pero lo que más recuerdo era como jugábamos a escondernos en el gran foso al que accedíamos por alguna pequeña puerta del sótano, corriendo sin parar de un lado para otro, arrancando en alguna ocasión ejemplares de las "Milflores" que crecían a veces entre las piedras de los muros. Y, sobre todo, sobre todo, aquellas moles impresionantes que se elevaban sobre pedestales más altas que nosotras y que parecían observarnos con hueca y fría mirada. 

Con el paso del tiempo, sustituida la infancia por la adolescencia y por los primeros años de juventud, los juegos dieron paso a momentos de esparcimiento más tranquilo  por el pequeño paseo que proporcionaba su reducido tramo de muralla, siempre con la presencia callada de aquellos arcángeles que no encontraban su lugar definitivo, lleno el entorno de sugerentes rincones para jugar a hacer fotografías. 

La presencia del Palacio forma, pues, parte importante de mi proceso de crecimiento y he de decir que desde bien pequeña tuve la suerte de contar con mi propio "palacio escondido", ese que muy pocas personas podían conocer, ese de cuyos recuerdos surgió el relato que aquí dejo en homenaje a aquellos días y a cuantas personas los compartieron con la niña que era yo entonces. 

ÁNGELES CAÍDOS

Estaban allí. Vigilando nuestros movimientos desde sus altos pedestales de granito, desde la intensa frialdad de sus grandes ojos plomizos.

       Acechaban nuestros pasos y carreras por el foso inútil de aquel palacio que parecía, parece aún, de juguete  o más bien de cuento de hadas, siguiendo de cerca nuestros juegos de princesas atrevidas – aún ni siquiera adolescentes – en la quietud de aquellas paredes de castillo encantando.

    Parecían seguir nuestras evoluciones a través de las grandes cristaleras de colores, mientras nosotras tratábamos de ignorarlos, de mantener lejos de nuestras mentes de niñas el temor que nos causaba su impávida quietud, al tiempo que vagábamos por las grandes estancias, sentándonos a la inmensa mesa de comedor de la primera planta, jugando por el foso inútil que rodeaba el edificio, mientras cogíamos “milflores” nacidas entre los muros de la antigua muralla sobre la que se asentaba, imaginando historias de princesas encantadas.    

Ellos eran tres, tres ángeles gigantescos o más bien arcángeles, aunque nunca los llamamos de esta forma... Eran los ángeles del palacio. Aquellos que un día debieron haber culminado su parte más alta y que, una vez desaparecido el “padre” arquitecto que los había ideado, nadie supo cómo colocar en los lugares para ellos destinados.  Nunca pude entender como Gaudí pretendió culminar el palacio con ellos. Me parecían tan grandes, tan pesados, que imaginaba no había torre ni pináculo capaz de soportar su sobriedad. Y de hecho, el sustituto de tan especial cabeza no dio con la solución para ello, y allí los dejó, guardianes impasibles de lo que pasaba alrededor con la simple mirada de su altura distante que les daba su inmenso tamaño... situados en el pequeño jardincillo que rodeaba el palacio episcopal, sobre sus correspondientes  pilares, mucho más altos que cualquiera de nosotros por mucho que pudiéramos llegar a crecer.

Parecían mirarnos expectantes, desde su altura, vigilando nuestros juegos y actos. Personalmente, a veces llegaban incluso a intimidarme, pareciendo reprobar mis actuaciones. Pero otras veces se convertían en testigos amistosos de nuestros juegos. Y , eso sí, siempre estaban allí, grandes, majestuosos.


Pero un buen día, para nuestra sorpresa,  desaparecieron de su pedestal, dejando un importante vacío en aquel espacio que tan grandiosamente ocupaban.

 Para mí la sorpresa se convirtió en susto  cuando, aquel mismo día,  entré en casa de mi abuelo, situada a pocos pasos del recinto del palacio.


 Mi abuelo era el fontanero de la comarca. La parte baja de su casa de dos plantas estaba dedicada toda a ella a su negocio y allí se amontonaban en tres habitaciones y un zaguán materiales de fontanería: herramientas, tuberías, codos, grifos, rollos de esparto, ... dotando este espacio de un olor especial que aún muchas veces se me agolpa en la memoria y en la boca.

                Allí, en el lugar por el que yo me deslizaba a menudo observando el trabajo concentrado de mi abuelo, que en muchas ocasiones torneaba artísticamente los tubos, yacía humillado uno de aquellos “angelicales” colosos. Dormía en la penumbra del portalón, compartiendo su grandiosidad caída con las largas y plúmbeas cañerías  que ocupaban aquella parte baja de la casa, un ángel caído que reposaba  frío y quieto entre tuberías y herramientas.

Acababa de llegar del colegio cuando, nada más entrar, fue su inmensa mole lo primero que me encontré, sus grandes ojos vacíos acechándome desde el familiar zaguán. Su cuerpo yacía como un material más que pudiera ser moldeado y trabajado de forma caprichosa por las manos artesanas de mi abuelo.

                 Toda aquella grandiosidad humillada ahora  en el suelo del taller de fontanería debería haberme parecido menos aterradora pero, muy al contrario, tener tan cerca de mi cara de niña su enorme rostro de ángel caído me causó una gran inquietud.

                Acerqué mis manos hasta su gran cuerpo inerme en un intento por perderle de una vez por todas el respeto temeroso que me inspiraba. Lo toqué con miedo sin saber a ciencia cierta la sensación que esperaba recibir....

                Estaba frío, frío como los tubos de plomo que a diario manejaba mi abuelo y que invadían todo el taller, sobre los que yo me subía de vez en cuando haciendo equilibrios por su resbaladiza y redonda superficie amontonada.

                Por un momento estuve, efectivamente, muy cerca de perderle el respeto, tentada de sentarme a horcajadas sobre su gran cuerpo caído. Pero algo (quizá fui yo misma) debió golpear aquel hueco esqueleto y una sonora y bronca  reverberación se extendió por todo él, como un profundo y continuado latido.

                Me asusté. Me asusté extremadamente y escapé de aquel taller, escapé también de casa de mi abuelo y me refugié en mi casa, situada no mucho más lejos.


                Aquella noche soñé de nuevo con aquellos grandes ojos vacíos e inquisitivos mirándome insistentemente, siguiéndome con fijeza por dondequiera que iba. Un sudor frío me bañaba por entero, empapando las sábanas mientras daba vueltas en sueños intentando esconderme a su mirada que parecía perseguirme con  insistencia.

                Desperté sobresaltada.... Estaba en mi cama. En mi casa. Lejos del taller de mi abuelo, y a salvo de los ángeles caídos. Suspiré aliviada al oír el sonido de la televisión que mis padres veían en la habitación de al lado. Pero como un instinto de protección me agarré con fuerza a las sábanas de mi cama y me tapé con ellas hasta la cabeza. Después de un rato de seguir escuchando el familiar ronroneo televisivo, conseguí quedarme dormida de nuevo, esta vez sin sobresaltos.

                Al día siguiente el ángel aún continuaba en el portalón de mi abuelo. Y allí permaneció todavía durante varios días, sustituido después por sus otros dos compañeros. Y durante ese tiempo yo me deslizaba cada día por la escalera, hacia la parte de arriba de la casa, intentando mantener mi mirada de niña temerosa alejada de la  suya, fría y vacía, intentando pasar lo más lejos posible de aquella plomiza mole derrumbada.

                Al cabo de un tiempo, los ángeles volvieron a su lugar habitual, a sus pedestales,  ya reparados por las manos expertas de mi abuelo. Por circunstancias de la vida yo comencé a frecuentar cada vez menos el palacio, pues la amiga con la que compartía mis juegos en sus salas, se fue.

Ya de un poco mayor acudí de nuevo a este espacio. Estudiaba en el instituto, que estaba justo al lado, y la zona era perfecta para dejar transcurrir la escasa media hora de  descanso que teníamos  durante las clases de la mañana. Pero, durante un tiempo, aún mucho tiempo, evité mirar sus grandes ojos vacíos...


Han pasado los años. Cambiados de ubicación, los ángeles siguen en el entorno palaciego, vigilando con su apostura lo que pasa alrededor, como guardianes eternos de mitos, de leyendas, de tantas cosas. Se ha pasado el temor infantil. Pero aún hoy me pregunto si guardan algún misterio cuando nadie consiguió colocarlos en las alturas para las que su creador los había ideado, y me pregunto también si habrán causado en alguien más, durante todos los años que llevan vigilando, el  mismo temor incierto que un día a mí me causaron.
                                                                                                  M.G.R

miércoles, 26 de diciembre de 2012

ONU MUJERES, pretende ser desmantelada en España por nuestro gobierno. No dejemos que esto ocurra.

Hace unos días me llegó a mi correo una noticia inquietante, el Gobierno de España a pedido el desmantelamiento de la oficina que ONU MUJERES tiene desde hace un tiempo en nuestro país. Desde ella se dedican a velar por la igualdad efectiva de las mujeres, con información, con asesoramiento, incluso promoviendo acciones determinadas. 
Esta oficina no era costeada con dinero español, sino que su mantenimiento dependía de la propia ONU. 
Entonces ¿qué oscuros intereses se esconden tras la solicitud de cierre de esta oficina? 
Una vez más se pone de manifiesto que la igualdad entre mujeres y hombres no interesa. Qué es mejor mantener a las primeras en la ignorancia de sus derechos, para que sigamos sumisas, calladas, resignadas...
TOTAL... si siempre ha sido así. Si en todas las crisis los primeros reveses los sufren las mujeres..., y la infancia, ... y la ancianidad. Pero, ¡qué casualidad! En todos estos sectores son de vital importancia las mujeres. Y mejor si no tienen tiempo, ni conocimientos, ni medios, para luchar por sus derechos, que son los de tod@s.
Así que, ya que nuestras  manos (las del gobierno, digo), como las de "Eduardo Manostijeras" se han transformado en un arma de recortar, y recortar, y recortar,... lo que sea, recortemos también esta oficina hasta hacerla desaparecer. ¡Qué importa que no seamos nosotros los que la mantengamos! El caso es borrarla de nuestra realidad y así contribuiremos a recortar derechos, a recortar justicia social.
Pues va a ser que si no puedo hacer otra cosa más que ejercer mi derecho a la pataleta, porque las mayorías absolutas es lo que tienen, que se convierten en dictaduras capaces de hacer lo que les da la gana por encima de la opinión de todos los demás, pues la ejercerá. Así que me he puesto manos a la obra y estoy dándole al tema toda la difusión que puedo. Si esta situación te preocupa, no solo por el acto en sí sino por todo lo que puede encerrarse de un gesto como este, ponte tú también manos a la obra, y difúndelo. 

PORQUE ERES MUJER...
PORQUE ERES UN HOMBRE QUE CREE EN LA IGUALDAD DE NUESTROS DERECHOS...
PORQUE SOMOS PERSONAS DISPUESTAS A LUCHAR POR LA JUSTICIA SOCIAL, TAMBIÉN HACIA LAS MUJERES...
Conoce la realidad... y FIRMA. 

Petición para impedir el cierre de ONU Mujeres en España

SOLO LA INFORMACIÓN PUEDE SALVARNOS DEL CAOS TOTAL. ¡No permitamos que nos la oculten!

lunes, 3 de diciembre de 2012

En Navidad, regala "juego", regala "ilusión", regala "tiempo" con el libro "VAMOS JUNTOS A JUGAR".

Se acerca la Navidad. ¿Estás cansad@ de tanto consumismo, de regalar juguetes que luego se quedan aparcados, ocupando sitio y durmiendo el sueño de los ángeles? 
El libro que hace un par de años vio la luz de la mano de la Asociación de Viudas de Astorga, puede ofrecerte una solución estupenda para ese regalo especial que buscas para los más pequeños o para esa persona especial  para la que buscas algo diferente. 
Porque sirve para todas las edades. Puede ser un regalo individual o un regalo para compartir, sin fecha de caducidad. 
"Vamos juntos a jugar", es un libro de juegos de antes para entender los juegos de ahora, es un libro que nos permite abrir las puertas al tiempo compartido, a la infancia perdida o a la que ahora se comienza a disfrutar. 
En él podrás jugar juegos de tu infancia e incluso otros desaparecidos, y descubrir cuales de ellos podemos considerar como los antecedentes de algunos de los juegos que hoy practican l@s más pequeñ@s con materiales mucho más comerciales. 
Si no lo encuentras en las librerías, ponte en contacto conmigo y te le haremos llegar. Por solo 18 € pondrás en las manos de quien lo reciba todo un mundo de ilusión, de posibilidades compartidas, e incluso de recuerdos. 
Echa un vistazo en estos enlaces para descubrir más acerca del mismo. 
 

Y SI TE GUSTA, AUNQUE NO LO COMPRES, TAMBIÉN PUEDES RECOMENDARLO. 
ESPECIALMENTE INTERESANTE PARA TODAS AQUELLAS PERSONAS QUE, DE UN MODO U OTRO, SE DEDICAN A LA EDUCACIÓN.

domingo, 14 de octubre de 2012

CUANDO LA DISCRIMINACIÓN SE MANIFIESTA HASTA EN LAS PROPIAS PALABRAS.

Hace unos días, un cargo público español, en concreto el presidente del Consejo General de la Ciudadanía en el Exterior, José Manuel Castelao Bragaño, hizo en público unas inoportunas e improcedentes afirmaciones (aunque fueran dichas a modo de comentario aparentemente informal) diciendo lo siguiente: 
"Las mujeres, como las leyes, son para violarlas". 
Esto ocurrió en España, y quienes tuvieron la poca fortuna de ser testigos de dichas palabras denunciaron en público su actitud y pidieron, naturalmente, su cabeza política. Porque representantes políticos de tal calaña no merecen estar representando a una sociedad en la que al menos el 50 % son mujeres y a las que se les demuestra tan poco respeto (aunque según él mismo en posteriores declaraciones esa no sea la realidad porque las valora mucho). 
Pero ya dice el refrán: "cuando el río suena... agua lleva". ¿Y qué se va a esperar de un hombre (o a otra persona cualquiera, si así hubiera sido el caso) al que tan inconscientemente se le escapan comentarios tan desafortunados como éste? ¿Qué esperar de alguien que muestra tan poco respeto por las mujeres y por las leyes que deben poner orden en el día a día de la convivencia de un país, asegurando el acceso a todos los derechos de todas y cada una de las personas que lo conforman?
Desde luego, si tenemos la más mínima sensibilidad, y aunque solo sea una mínima dosis de sentido común, es inevitable que tengamos que hacer público nuestro rechazo ante actitudes y comportamiento como los del Sr. Castelao, para que todo el mundo se entere de lo que tenemos a nuestro alrededor, en muchos casos - supuestamente - representándonos.

Mi forma de hacerlo será, no solamente dejando aquí el enlace para poder sumarse a la petición organizada por el Consejo de Mujeres de Madrid para que este individuo desaparezca de la vida pública de nuestro país,  sino recordar también la situación a la que esta falta de respeto hacia las mujeres y las leyes está llevando en lugares como por ejemplo "Ciudad Juárez", en México. Puede parecernos un extremo, pero desde la posición en la que ahora mismo estoy os puedo asegurar que el grado de violencia hacia las mujeres en el día a día, en sus situaciones familiares, (independientemente de los resultados a los que se llegue) está de nuevo creciendo como resultado de las situación económica y social en la que nos estamos desenvolviendo en los últimos tiempos. Y es que cuando hay problemas externos, al final siempre la pagan las mismas.

El pasado 1 de septiembre, tuvo lugar en Veguellina de Órbigo, una lectura solidaria para recordar una lacra social que afecta a multitud de mujeres mexicanas, en concreto de Ciudad Juárez, por el único "pecado" de haber nacido mujeres. La falta de respeto por las mismas es total en un lugar donde no se respetan sus derechos y tampoco se respetan las leyes. Unas amigas me invitaron a participar en este acto reivindicativo, que se celebró al mismo tiempo en multitud de lugares del mundo, para tratar de luchar contra esta injusticia desde la palabra, desde la poesía, en un intento de que no se olviden situaciones como las que están viviendo estas mujeres, pero que se repiten con las mismas u otras fórmulas en múltiples lugares del mundo (aunque la intensidad de la violencia ejercidad no siempre sea la misma).

Este es el poema que yo aporté para ese momento, aunque hay muchos aspectos que podríamos extrapolar para otros espacios y situaciones.

ME LLAMO CIUDAD JUÁREZ... 

Me llamo Ciudad Juárez,
y corre por mis calles
la sangre de miles de mujeres
cuya identidad ha sido enterrada en las cunetas,
la sangre de todas esas mujeres
que la han visto vertida por sorpresa.

Me llamo Ciudad Juárez,
y fui engendrada en el vientre
de cientos de mujeres  que parieron a mis hijos,
los mismos hijos que olvidaron luego
que ellas eran sus madres,
                sus hijas, sus hermanas…
                               sus novias, sus esposas…
Esos mismos hijos que un día
convirtieron en violencia
el dulce sabor de la leche
con que sus pechos los amamantaron,
la ternura con la que sus manos
curaron sus heridas
y sus besos calmaron sus desgracias.

Me llamo Ciudad Juárez,
y me han parido miles de mujeres
cuyos nombres han desaparecido
en el tiempo y el olvido.

Me llamo Ciudad Juárez
y lloro hora a hora…, día a día…
y clamo sin que me escuchen,
por la violencia ejercida contra todas esas mujeres
sin las que nunca habría existido,
la violencia de los hombres
que trafican con ellas…
de los gobernantes que vuelven la vista
ante su desgracia…,
de las leyes que siguen manteniéndolas
en el olvido.

Me llamo Ciudad Juárez,
pero mi nombre es el nombre de la desgracia,
de la ingratitud
                               de la injusticia
                                                               del mercado…
Mi nombre es el nombre olvidado
de sus mujeres asesinadas,
es el nombre del miedo que se esconde
en cada mujer que habita entre estas calles.

Me llamo Ciudad Juárez…
Y también María…, Margarita…, Isabela…, Azucena…
nombres de mujeres que encontraron la muerte
en estas calles,
por el simple delito de nacer mujer
en un mundo dominado por la más irracional de las leyes:
-          la de ser "hombre".

Me llamo Ciudad Juárez.
                Pero no os confundáis.
Mi nombre podría convertirse en cualquier otro
si el silencio bochornoso
que impone la mirada hacia otro lado
se sigue extendiendo sobre el nombre de mis hijas.

Me llamo Ciudad Juárez.
Y mis apellidos son  el miedo y el olvido.


Y PARA RECORDAR QUE LAS SITUACIONES EXTREMAS PUEDEN LLEGAR DESDE LA INSTAURACIÓN PERMANENTE DE LA FALTA DE RESPETO: 

Petición para que el ex presidente del Consejo General de la Ciudadanía en el Exterior, José Manuel Castelao Bragaño, que se permitió afirmar que "las leyes son como las mujeres, están para violarlas" no ejerza nunca más un cargo público y que no reciba ningún salario proveniente del dinero de toda la ciudadanía


FIRMA FIRMA FIRMA FIRMA FIRMA FIRMA Petición para que José Manuel Castelao Bragaño no vuelva a ejercer ningún cargo público.

martes, 11 de septiembre de 2012

UN RELATO PARA EL 1812

Escrito para las Noches poéticas del Centro Marcelo Macías, bajo el epígrafe general de "Mitos y leyendas del 1812". No he podido resistirme a la tentación de crear mi propia historia a partir de los retazos de tantas historias o leyendas surgidas en nuestra ciudad, desde aquellos tiempos a los de mi juventud. ¡Qué la disfrutéis!

DESDE LAS SOMBRAS DE LA NOCHE.

             Francisca aceleró sus pasos al pasar frente al enorme caserón que lucía el antiguo escudo de los Salvadores. Se contaban muchas cosas sobre aquella casa desde que en 1808, con la llegada de los franceses a estas tierras, algunos oficiales la tomaran como residencia, mientras sus tropas peleaban frente a las murallas de Astorga, fieramente defendidas por sus habitantes: hombres, mujeres, niños...
Y muchas de esas cosas se contaban en voz baja, entre susurros, con las miradas llenas de miedo y el aliento entrecortado. Algunas de ellas no eran agradables de oír, así que, aunque apenas se veían ya franceses en el pueblo, Francisca no podía evitar un respingo cada vez que pasaba ante esas puertas, y aceleraba el paso en un inconsciente impulso.
Siguió caminando ligera en dirección a las huertas del Prao San Juan, donde el resto de la familia aguardaba el almuerzo, deseando hacer una parada en las duras tareas veraniegas.
El calor se está cebando este año sobre estos parajes. Y hay quien dice que es la maldición de los franceses. Hace ya cuatro años que llegaron a estas tierras, hace ya cuatro años que se quedaron. Y desde entonces – murmuran las malas lenguas – son más crudos los inviernos y mucho más secos los veranos.
¡Supersticiones! – le dice su tía Andrea. Pero a Francisca le queda siempre una ligera duda de quien dice la verdad, si Andrea, que es una mujer un tanto adelantada a sus tiempos, o todos aquellos que viven desde siempre en el pueblo. Aunque tal vez sea que la memoria  es frágil y se olvida fácilmente lo que aconteció en años anteriores.
Por fin puede la chica desembarazarse del almuerzo y realizar su escapada matutina. Le encanta trepar a las rocas que bordean el camino, subir cada vez más alto, intentando acercarse un tantito más al cielo, a ese cielo azul que luce esplendoroso sobre sus cabezas. Es su camino hacia la libertad, aunque solo sea por un rato, una libertad que parece prohibida a las mujeres de estas tierras. Por eso, a veces, a pesar del temor que le han inculcado hacia los franceses, sueña a menudo con ese país vecino donde dicen que se hizo una revolución para que hombres y mujeres de todas las clases sociales, fueran libres y tuvieran los mismos derechos. Aunque ahora  mismo es, para ella,  uno de esos momentos de libertad. Con su zagalejo enrollado hacia arriba, dejando libres sus enaguas, avanza con la agilidad de un gato salvaje en busca de su roca preferida. Esa en la que la leyenda dice se posó el caballo del patrón Santiago cuando luchaba contra los moros durante la reconquista de España. Debía ser uno de esos caballos voladores de los que hablan cuentos y leyendas  -  piensa -, pues las huellas siempre aparecen grabadas mirando hacia el vacío, allí donde se supone tomaba impulso el animal para afrontar el siguiente salto. Debía ser que Santiago iba reconquistando España a inmensos saltos de su caballo. Esta zona debió ser especialmente visitada por el Apostol, porque no es esta la única huella que dicen procede de su montura en un entorno relativamente próximo.
Francisca agita la cabeza para quitarse de encima estas ideas, aunque sabe que es ésta tierra de leyendas. Y vuelve sus ojos por un instante hacia Astorga, que se divisa al fondo elevando sus torres catedralicias por encima de murallas y tejados.  Allí es aún más ajena esta libertad que ella respira, especialmente en momentos como este. La ciudad lleva ya dos años rendida a los franceses y, aunque pareció recobrar la normalidad tras la derrota, la mayoría de sus habitantes siguen viviendo estos días como tiempos oscuros. También los viven así los franceses, pues tras el sangriento precio de la victoria, no están seguros de haber doblegado para siempre a sus habitantes, que tan heroica resistencia ofrecieron a su asedio. Por eso vigilan muy de cerca sus movimientos, tanto dentro como fuera del recinto amurallado. No olvidan en ningún momento como intentaron envenenar a su emperador, en la breve visita que hizo a esta plaza, y lo rápidamente que se movilizaron para hacerlo.
Las escasas veces que Francisca ha conseguido, desde entonces, hablar con la familia que vive en la villa, le han dejado traslucir la suerte que tiene de disfrutar de esta libertad, aunque la considere pequeña. Durante el día. Pero, sobre todo, también por las noches, cuando el vecindario puede juntarse abiertamente en esos filandones en los que comparten risas, juegos, canciones, bailes,... y en los que se van desgranando todas esas noticias que, pudiendo tener interés, o no, les sirven para mantener la actualidad de otros lugares y personas.
Y es que en Astorga siguen siendo tiempos oscuros, como cuando dio comienzo el asedio. Durante las noches apenas algún farol a la puerta de una casa rompe en sombras la negra oscuridad de las noches sin luna, mientras desde el adarve de la antigua muralla se atisban brillantes y blancas las estrellas, ajenas a los ojos de los lugareños, que tienen prohibido su libre transitar por las calles, tras la caída del sol.
Francisca se ha quedado absorta en estos pensamientos, ajena al paso del día, hasta que un insistente rayo de sol se empeña en calentarle la cara en demasía. Calcula por su posición la hora aproximada y, consciente de que su abuela  estará reclamando impaciente su presencia, encamina sus pasos ligeros hacia la casa.

Mientras tanto, en Astorga, avanza el día hasta que por fin llega una calurosa noche veraniega. El intenso calor hace difícil conciliar el sueño, incluso en la mejores casas, construidas con gruesos muros. En una de ellas, un grupo de gente se reúne en torno a una velada. Y es que, a pesar de la prohibición expresa de transitar por las calles tras la caída del sol, los lugareños han encontrado la manera de burlar la guardia y reunirse en patios y portalones para hacer más llevaderas las horas nocturnas.
Precisamente en esta casa, tan próxima al lugar donde corrió peligro la vida de Bonaparte, comienza a extenderse el rumor. Un ejército de españoles avanza desde las lejanas tierras de Cádiz, empujando hacia el norte a los franceses. En muchos lugares, grupos de voluntarios apoyan su avance, mientras el ejército inglés aporta también armas, soldados y estrategias. El rumor crece de persona en persona salpicando de gestas surgidas en otras tierras que han logrado, poco a poco, recuperar su libertad. Hombres y mujeres hablan en voz baja, muy baja, susurrándose los hechos llegados allende las murallas. Y una cierta inquietud comienza a extenderse por el grupo.
Ajenos a la seriedad del momento, los más pequeños de la casa juegan, en un aparte, a juegos de batallas y de burlas de franceses, procurando no armar demasiada bulla que llame la atención de la soldadesca de guardia, algunos de cuyos integrantes son muy jóvenes e inexpertos y con el gatillo de su mosquetón demasiado fácil.
Esta misma estampa se viene repitiendo, día tras día, en muchos otros puntos de la ciudad, cada vez con más frecuencia. Y cada vez son más insistentes los rumores de que un ejército libertador se acerca.
Esta noche, justo cuando la sombra de la catedral planea más impresionante sobre los tejados, bajo la clara luz de la luna, un profundo y repentino silencio interrumpe la conversación, mientras por el ventanuco abierto se oyen resonar las claveteadas botas de la pareja de guardia.
A continuación, un profundo suspiro, como un hondo lamento – casi un estertor – se extiende en el silencio de la noche, produciendo entre la guardia un revoloteo de mutismos, pasos confusos y revuelos, mientras temblorosas voces, con marcado acento francés, interpelan por las vacías calles:
-          ¿Quién va?,   Qu’il va ici?
La joven Visitación tapa su boca con sus manos, para que su risa no delate por la ventana abierta la clandestina reunión de aquella casa, recordando por un instante el susto de su prima Francisca al oír aquel mismo sonido hace ya algunos años, antes de que se aposentasen en Astorga los franceses.
Un nuevo y quejumbroso suspiro rompe la calma de la noche... Y otro... Y otro... Y otro... Todos semejantes. Todos diferentes.
En la calle, aumenta la confusión entre los soldados franceses. Dentro, se miran unos a otros divertidos conteniendo sus risas como pueden.
En un arranque, Álvaro agarra decidido las manos de su mujer y la lleva hacia la ventana diciéndole bajito:
-          Tú pregúntame en voz alta que ruido es ese y luego sígueme la corriente. 
Manuela le mira sorprendida, pero asiente con la cabeza.
-          Álvaro, ¿has oído? ¿de dónde viene ese ruido tan espantoso?
-          No te preocupes, mujer. Dicen los viejos del pueblo que son los lamentos de Pedro Mato, que, cada ciertos años, pasea su alma por las naves desiertas de la catedral.
-          ¿Un fantasma, me estás diciendo?
-          Algo así. Aunque en realidad dicen que es su estatua, que cobra vida por las noches para ayudar a los astorganos cuando presiente que un peligro les acecha. Por eso vigila desde la torre, por expreso deseo suyo.
-          Entonces, ¿por qué no nos ayudó cuando nos invadieron los franceses?
-          Tal vez no era el momento, mujer, o tal vez eran entonces demasiados.
-          No sé que decirte, Álvaro. Me parece un tanto extraña esta historia.
-          Pues, créetela, mujer. Yo he sido testigo en anteriores ocasiones de la misma. Mira, ven, acércate a la ventana y mira fijamente su figura, ¿qué ves?
Hicieron un silencio, mientras el resto de la audiencia contenía las risas como podían.
-          ¿Qué hacemos contando historias de fantasmas si quienes nos escuchan hablan en francés y seguramente no se están enterando de nada? – exclama Manuela en un susurro.
-          De lo suficiente, mujer – contesta el astorgano -. Tú sígueme un rato más la corriente y veremos lo que pasa.
-          ¡Ahora! – clamó Álvaro, elevando la voz para que le oigan bien los franceses. - ¿Has visto como se ha movido?
-          ¡Sí! – da un grito Manuela- ¡Ay, Álvaro, qué es verdad lo que decías!
En ese preciso instante se elevó sobre la noche un nuevo lamento. Inmediatamente, se oyó una carrera desordenada de pasos que escapaban.  En el portalón el grupo prorrumpió en risas y carcajadas.
-          Estos pobres desgraciados se han creído de verdad que el lamento de las lechuzas es el alma castigadora de Pedro Mato.
-          Sí ¡Pobres! Hay que tener imaginación para creer que lo han visto moverse allá en la torre.
-          ¡O mucho miedo! Y las nubes deslizándose ante la luna llena han ayudado, dándole a la estatua sensación de movimiento.
Hay quien aún continúa con sus risas.
-          ¡Pobres chicos! – dice Teresa en un arranque de piedad - ¡Qué culpa tienen ellos de que se los hayan llevado a la guerra siendo aún unos niños!
-          ¡No te pongas sentimental! – le contesta alguien -. No dejan de ser el enemigo. Y pueden convertirse en nuestra mejor baza para preparar el camino a los que llegan.
-          Pues no entiendo cómo asustar a unos niños puede ser la baza de nada – protesta aún Teresa medio enfadada.
-          Tranquilízate, mujer, ¿cuál es nuestro objetivo? Echar de nuestras tierras a los franceses ¿no? Recobrar de una vez por todas la libertad perdida y que nos gobiernen nuestras propias gentes en vez de gentes extrañas. Pues bien, si desde dentro realizamos pequeñas escaramuzas y hacemos correr la voz de que es Pedro Mato quien está detrás de todo ello, tal vez cunda el pánico entre estas jóvenes tropas y , cuando lleguen los nuestros será  más fácil que, entre todos, podamos derrotar al enemigo.
Volvió la noche al cuchicheo. Todos los hombres de aquella casa, y algunas de las mujeres, trazaron planes para desgastar de esta forma al enemigo y poner a flor de piel sus nervios.

                A partir del día siguiente, las mujeres en el mercado, en los lavaderos, en las fuentes, comenzaron a correr el rumor de que el alma de Pedro Mato rondaba de nuevo por la Seo, mientras contaban imponentes hazañas del pasado. El calor que seguía reinando durante las horas nocturnas ayudaba, extendiendo por doquier el sonido de la respiración profunda de las lechuzas. Y también la luz de la luna, creando juegos de luces y sombras con las nubes provocadas por el calor de las jornadas.
También la actitud de los hombres favorecía este clima, pues se volvió misteriosa en las tabernas, en los lugares de reunión, en los trabajos.
               Al mismo tiempo, y siempre de noche, comenzaron a producirse pequeñas escaramuzas en diversos puntos de la ciudad. Y siempre los soldados llegaban a tiempo de ver escabullirse entre las sombras a una única figura masculina, vestida a la misma usanza del hombre que coronaba aquel pináculo catedralicio. Ora aquí, ora allá, ...
                 Y, de vez en cuando, una risa profunda rasgando la quietud de las sombras nocturnas.

                Varios días, varias semanas incluso, duró el asedio del “fantasma”. Habían dejado de oírse esos hondos lamentos que pusieron en marcha los rumores. Pero fueron sustituidos por las risas burlonas y profundas que se oían tras la desaparición de unos víveres, del robo de algunos mosquetones, de la pólvora, de algunos enseres pertenecientes a la tropa, e incluso de la desaparición de algún que otro soldado. Sus ánimos comenzaban a mostrarse muy alterados. Cada día en mayor medida se negaban a hacer rondas de noche, se volvían suspicaces durante el día, e incluso llegó a producirse alguna que otra deserción.
                La gente del lugar no ayudaba a calmar la situación. Antes al contrario, soliviantaban aún más sus ánimos, observándolos con caras de sarcasmo cuando se cruzaban con ellos, haciendo corrillos desde los que susurraban continuamente.
                Los nervios estaban a flor de piel. Ante esta situación, que se estaba volviendo insostenible, el general de la plaza convocó urgentemente a todos sus oficiales para darles la orden expresa de que cortaran de raíz e ¡inmediatamente! tales circunstancias. A uno de los tenientes se le ocurrió una idea. Convocó a todo un batallón y lo llevó esa noche a las proximidades de la catedral, con las armas cargadas y listas para disparar. Los situó a todos justo debajo de aquella imagen que se recortaba, imponente, contra el cielo, en aquella clara noche de luna llena. Y obligó a los hombres a no perder de vista la figura para demostrarles que solo su imaginación le daba vida a aquel muñeco.
                  Pasaron los minutos. Los soldados no perdían de vista a Pedro Mato. Entonces una nube cubrió la estatua y uno de ellos gritó:
 “Il vivre”  “Il est vive”      
         Un murmullo comenzó a extenderse entre las filas de soldados junto a un movimiento casi imperceptible. Antes de que se produjese la desbandada, el teniente ordenó a la tropa apuntar y disparar.  Su intención era demostrarles que aquello no estaba vivo, o, en caso de que lo estuviese – cosa harto improbable – acabar con su vida para siempre.
                 Pero algunos de los disparos impactaron en la mano de Pedro Mato, arrancando con ello uno de sus dedos, que cayó pesadamente al suelo.
           El dedo golpeó a uno de los soldados, que cayó instantáneamente muerto, provocando a su alrededor una explosión de sangre que cubrió a otros compañeros  que se encontraban próximos a él. Una cierta histeria se apoderó de la tropa y algunos de ellos se desmayaron de la impresión, cayendo también al suelo.
                 La desbandada fue general. Comenzaron los gritos y carreras
-          ¡Con un dedo ha matado a cuatro!
-          ¡No, no, que  han sido ocho!
             Entre las sombras de la noche, algunos maragatos, con el sombrero característico, aumentaban el desconcierto entre la soldadesca, añadiendo a sus gritos espeluznantes risas y anuncios de que aún era mayor el número de los muertos. SONABA A VENGANZA.
        Ningún soldado se detuvo a recargar su mosquetón y dispararlo hacia las sombras. Todos, sin excepción salieron en desbandada dejando incluso abandonados el cadáver de su compañero muerto y los cuerpos de los desmayados.
          Esa noche se produjeron multitud de deserciones y, entre los que se quedaron , fue muy difícil mantener la moral alta y la disciplina.
          A los pocos días llegó el ejército español que, tras varias jornadas de asedio, rindió la plaza y la recuperó de nuevo para el gobierno propio.
              Y la mañana del 19 de agosto de aquel año de 1812, salieron de Astorga los franceses. Derrotados, cabizbajos, mirando de soslayo esta figura  con traje maragato que había tenido gran parte de culpa en su derrota y que parecía despedirse de ellos con irónica sonrisa, sin uno de sus dedos en la mano.

            Han pasado ya unos días. La ciudad vuelve a la calma y a la rutina. Por doquier se trabaja para eliminar lo antes posible los rastros del último asedio sufrido.
                Manuela platica con su joven prima Francisca que ha venido a echar una mano. Sentadas a la puerta de la casa, le cuenta el revuelo que organizaron entre el ejército francés a costa del sonido de la lechuza, el mismo que también a ella le había procurado tanto temor la primera vez que lo escuchó.
                   Ríen felices. A pesar de la destrucción corren nuevos aires para la ciudad. Y pronto, muy pronto, constituirán el primer ayuntamiento elegido por el pueblo.
                 Corren aires de cambio y de libertad para España. Y Astorga y su gente han aportado para ello su “pequeño” grano de arena, del que Pedro Mato seguirá siendo guardián  por los tiempos de los tiempos.

Escrito en Castrillo de los Polvazares
                                                   22 de agosto de 2012