domingo, 22 de septiembre de 2013

PAJARITAS DE PAPEL. Un relato para unirme a la magia del cine, en Astorga.



Apenas unas horas después de que haya dado comienzo el otoño, con las pupilas aún inundadas el color de esta etapa y en mi boca el sabor a esas moras que este año llegan con retraso, en medio de un ciclo de cine brasileño que está resultando todo un éxito en calidad, quiero compartir con todos/as vosotros/as este pequeño artículo que acompaña a un relato que hace tiempo escribí. En una época en que todas las salas de cine se iban cerrando una tras otra. Y hoy, que en Astorga tenemos el lujo de que alguién haya apostado fuertemente por reabrir la última de ellas que nos quedaba y remodelarla para que podamos disfrutar de toda la magia del séptimo arte sin tener que desplazarnos a otros lugares. 
Espero que os guste.



UNIÉNDOME  A LA MAGIA DEL CINE, EN ASTORGA.

             Llega septiembre, mientras la luz del verano va cambiando anunciándonos ya que el otoño se acerca. Llega septiembre, un año más. Y un año más Astorga se transforma en una ciudad, de cine, que retoma con fuerza sus raíces, aquellas aficiones del pasado que un día hicieron que en una localidad tan pequeña como la nuestra, contásemos con nada menos que con cinco salas comerciales, más el cine que se proyectaba en otros espacios como colegios o parroquias, donde poder disfrutar de la magia del celuloide.
                Pero éste no es un septiembre cualquiera, ya que nos llega en un año que está siendo muy especial para el cine  en nuestra ciudad. Al éxito de participación que el Certamen de Cortos ha tenido, con la llegada de más de 660 producciones, muchas de ellas de gran calidad, hay que sumar la recuperación del Cine Velasco para disfrute del público de toda la comarca, con una sala totalmente actualizada y remodelada, gracias a la iniciativa privada de un empresario que está apostando fuertemente por el cine de estreno; la presencia de una personalidad del Séptimo Arte, Assumpta Serna, nuevamente en nuestra ciudad para pregonar nuestras fiestas patronales; la posibilidad de ver en el mejor cine de los distintos países en V.O.S., a través del ciclo “Otras miradas. Un mismo lenguaje”, que se ha venido desarrollando durante todo el pasado curso, y cuya continuidad ya está anunciada; o iniciativas como la de José Antonio Glez. Rubio que, junto al Centro de Estudios Astorganos “Marcelo Macías”, nos han regalado con una breve e interesante historia del cine en Astorga.
                Y aunque a quienes hemos vivido desde siempre ligados a este ambiente cinematográfico nos pudiera parecer que esta situación es o ha de ser la habitual,  no todas las realidades cinematográficas son como la que se vive en Astorga.  Hace algunos años, por casualidades de la vida, desembarqué en una ciudad lejana a esta. Y me encontré con una situación totalmente diferente. Hasta la forma de ver el cine era diferente a la que yo había vivido hasta entonces. Entonces, a menudo se me agolpaban los recuerdos de mis etapas anteriores disfrutando, prácticamente a diario, de películas provenientes de distintos países del mundo, como las que nos ofrecía el característico Cine Universitario de León.
                Pero dejando a un lado tantísimos recuerdos y multitud de anécdotas con las que se podrían llenar páginas enteras, hoy, en Astorga, este mes de septiembre de 2013, el cine está, una vez más de celebración. Y a ella quiero unirme con un relato que escribí a partir de mi estancia en aquel lugar que, a pesar de sus ochenta mil habitantes, me dejó un día huérfana del ambiente cinematográfico al que yo llegaba acostumbrada.
                Esperemos que en Astorga esta realidad siga siendo diferente, por muchos años.
Mercedes G. Rojo


PAJARITAS DE PAPEL

                Llevaba unas cuantas noches en las que el sueño se le había vuelto totalmente huidizo, envolviéndola en un insomnio permanente.
                Tenía la esperanza de que esta circunstancia fuese solamente una situación pasajera, así que pensó que – en vez de agobiarse – la mejor opción era ver una película puesto  que la climatología no estaba precisamente para disfrutar de un paseo nocturno a la luz de la luna.  En un principio calculó que la última sesión de alguno de los cines de la ciudad constituiría su mejor elección.
                La nocturnidad de la sala durante la proyección y la caminata de regreso a casa (siempre se desplazaba andando cuando iba al cine, así podía saborear las sensaciones recibidas sin la preocupación de tener que estar pendiente del tráfico) tal vez pudieran ser un buen acicate para atrapar ese sueño que insistía en escurrírsele entre los dedos.
                 Consultó la cartelera, pero las opciones resultaban poco apetecibles absorbidas por  insulsas y comerciales películas americanas que no le atraían para nada, y que se repetían irremediablemente en todas las salas de la ciudad.
                Así que, una vez más, decidió recurrir a su videoteca.
                Sus manos resbalaron por los lomos de las cintas y los dvd’s buscando un título que le dijese algo, que le llamase la atención en ese momento, que le permitiese intuirlo como la opción más oportuna para esa noche.
                Fue descartando título tras título, hasta que al final lo encontró perdido entre el cine español de autor.
                La carátula de “El espíritu de la colmena”, de Víctor Erice, pareció saltarle a las manos de entre aquel considerable abanico de películas.
                Pensó que hacía mucho tiempo que no visionaba el film, y recordó lo mucho que en su día le había gustado. Su atmósfera, la construcción de sus personajes, el paso del tiempo con un transcurrir lento entre interioridades…,
                paisajes…,
                                                                                                                             vivencias…
                Se acomodó en el sofá lo mejor que pudo.
                No era precisamente una de sus actividades favoritas ver cine en casa.
                Prefería mil veces más acudir a la sala cinematográfica con su gran pantalla, su oscuridad, su sonido envolvente,…, con todos los elementos necesarios para que pudieras  olvidarte de “todo” excepto de aquello que estaba ocurriendo en la pantalla, como si en vez de un espectador fueras realmente una parte más de la película, un observador que vive cada escena desde un ángulo muy próximo al de los propios protagonistas.
                Pero, en fin, los últimos tiempos no eran buenos para el cine en esta ciudad.
                 Y si se querían ver buenas películas no había más remedio que recurrir a lo que pudieras ofrecerte en tu propia casa aunque la atmósfera conseguida no pudiera nunca compararse.
                Se dio cuenta de que se estaba poniendo un tanto negativa, así que, para no malograr  el ambiente que podía conseguir, se centró en pensar que era la oportunidad para detenerse en todos aquellos detalles que con anterioridad se le pudiesen haber escapado.
               
                La pantalla se fue llenando poco a poco de paisajes recogidos en Segovia, en Parla, en tierras de Castilla…
                Pero, de pronto, la magia que la película despedía pareció convertirlos en sus propios paisajes, los campos más cercanos a su casa… Las extensiones de cereales que corren hacia el Val de San Lorenzo, los chopos que dormían el invierno de La Eragudina, de Morales, del Teso redondo …, esos tesos visitados de niña entre los juegos de sus amigas y los paseos familiares…, esos mismos lugares que sigue disfrutando cada vez que vuelve a su tierra desde el transitorio destierro que vive en un paisaje sólo formado por olivos…
                Hasta el viento que acompañaba algunas de aquellas imágenes le resultó conocido. Un viento diferente a todos los vientos… que te lleva a guarecerte en el invierno entre abrigos y bufandas.
                Avanza poco a poco la película al pausado ritmo que el director ha marcado al transcurso de la historia… Y para ella avanzan igual de lentos los recuerdos.
                 Es su propia película la que transcurre ahora en la pantalla, sus imágenes, los flecos de su memoria los que se deslizan frente a ella…
                Hasta que un breve fotograma sacude su interior…
                Allí están, en la penumbra de una habitación que el amanecer comienza a iluminar muy tenuemente, recortándose contra el brillo oscuro de la madera de un viejo escritorio, destacándose con su blancura cuadriculada junto a una taza de café vacía, tal vez testigos de una noche de insomnio o de trabajo…
                 Allí están, quietas, desafiantes…
                En la penumbra de la habitación dos pajaritas de papel reposan en una atmósfera de silencio.
                Y con ellas le acude de golpe el recuerdo de su abuelo.
                Arnulfo se llamaba. Un nombre con sabor antiguo. Un nombre bronco para un hombre severo y bondadoso al mismo tiempo. Recuerda su voz ronca, su voz atronadora cuando la levantaba por encima de su tono habitual, su voz aterradora cuando la recriminaba enfadado…, pero toda ternura en las largas horas que pasaba entreteniéndola como nieta, seguramente regalándola más horas de las que regalara a sus  propios hijos.
                Su mente se llenó con aquella imagen  de tardes invernales sentados juntos al amor de la cocina frente a una larga mesa, jugando a las cartas, enseñándola a hacer complicados solitarios que hoy ya ha olvidado.
                Y una multitud de pajaritas... pajaritas de todos los tamaños invadiendo la mesa como un gran ejercito hecho de papel de periódico.
                Pajaritas grandes…, pajaritas pequeñas..., pajaritas de mil y un tamaños.
                Pajaritas que movían sus alas, pajaritas coronadas con sombrero, …
                Sus manos trabajaban y trabajaban para darles aquellas distintas formas que él tan bien dominaba.
                Luego, su imaginación conseguía dotarlas por unos instantes de vida propia.
                Y las letradas pajaritas eran también subidas a bordo de barcos de papel, para surcar en ellos  los mares de la ilusión…
                 Eran montadas en aviones,  para surcar los cielos empujados por las manos, mágicas por un momento, de una niña sedienta de aventuras…
                Cuántas tardes de invierno ocuparon  juntos compartiendo historias y silencios, mientras aquellas manos rudas, acostumbradas al plomo y a los hierros,  volcaban  su ternura en cada uno de los pliegues que doblaba para ella,  convirtiendo en mágicas figuras las líneas oscuras de los periódicos, llenando de cariño cada uno de los instantes que le dedicaba…

                Ante tal avalancha de sensaciones,  cerró los ojos e, inconscientemente, se acurrucó en el sofá agarrándose muy fuerte las rodillas.
                Se dejó llevar por los recuerdos mientras su rostro se relajaba y en su boca esbozada una sonrisa.

                Al otro lado de la sala, en la televisión, avanzaba lentamente la historia de los personajes que Erice había creado, en torno a la presencia de una niña en la pantalla. Pero ella vivía ahora su propia película en el cine de sus sueños.
                Pajaritas, barcos, aviones,…, todo un mundo de papel le había vuelto de pronto desde aquella breve imagen, trayéndola consigo la paz de la infancia, la alegre inocencia de sus primeros años.
                Y así, dormida entre los letrados pliegues con olor a niñez, escapó esta noche al impertinente insomnio que la perseguía en los últimos días, mientras en la pantalla los paisajes castellanos eran sustituidos por un blanco paisaje de nieve cayendo sobre ninguna parte.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

ASTORGA VIVE EL TEATRO

Pareciera que el multitudinario alumbramiento, que el pasado viernes 16 de agosto tuvo lugar en Astorga, de la hermosa 'Maternidad' que Castorina y Amancio González nos han ofrecido, se haya convertido en un presagio de bienes para la ciudad. Al menos de bienes en lo cultural y artístico. Así, en la calurosa noche del agosteño martes, día 20, se produjo otro nacimiento no menos poderoso que el escultórico.
La sala del Teatro Diocesano completó su aforo para recibir la presentación de una estupenda y trabajada versión de 'La casa de Bernarda Alba', de Federico García Lorca, que el recién creado grupo teatral 'Mixticius Asturica ad orbem' puso en escena con la magnífica interpretación de un equipo actoral donde hay muchas generaciones representadas, y que nos hizo vibrar en nuestras butacas con su entrega y buen hacer, bajo la dirección de José Tomás García de la Fuente, en una versión adaptada por él mismo. Estupenda también la respuesta del público, a quien se notó estremecer en muchos de los momentos álgidos de la obra. 
Personalmente, la representación se me hizo aún más especial si cabe al comprobar que uno de los jóvenes actores que llenaron el escenario con su interpretación había sido alumno mío en los tiempos en que impartí talleres de teatro en uno de los colegios de la ciudad. Y cuando el público acogió con sus aplausos el final de la obra, observando la emoción difícilmente contenida de alguna de las actrices, recordé también los aplausos que un amplio grupo de jóvenes aficionados, estudiantes de COU, recibieron, en su momento, por su interpretación de aquella complicada obra titulada 'Tiempos del 98', cuyo autor he olvidado y cuyo libreto no he vuelto a encontrar, perdido sin duda entre una cantidad ingente de papeles aparcados. 
Pero, volviendo al presente, la puesta en escena de la obra que nos ofreció el grupo 'Mixticius', me hace confiar en que en Astorga reverdece con fuerza, una vez más, la rama del teatro, y que un futuro prometedor nos espera al respecto, más aún si tenemos en cuenta el elevado número de actores y actrices que conforman este recién creado grupo (de los que el martes pudimos ver solo a una parte), que llega con un buen acopio de proyectos y muchas ganas e ilusión por sacarlo adelante. 
El protagonista de César A gusto
En la presentación de la obra, su director hacía alusión a que se trataba de un proyecto largamente acariciado que ha tenido que esperar el momento justo para hacerse realidad. También yo considero que, muchas veces, los grandes proyectos han de encontrar su propio espacio y su propio tiempo. Y el momento que ahora mismo estamos viviendo en Astorga, parece ser un buen momento para alumbramientos felices en estos ámbitos, alumbramientos que no llegan solos. Y, si desde el lugar que ahora me toca ocupar puedo ayudar a que este proceso tan creativo siga desarrollándose, me sentiré orgullosa y satisfecha de estar ahí y de alentar proyectos creadores que sin duda, como el propio José Tomás dijo antes de comenzar la representación, llevarán también el nombre de nuestra ciudad por los ámbitos culturales del país. 
Una de las escenas de "Libros", en su 1ª representación en el IES.
El jueves siguiente este mismo recién estrenado grupo, nos ofreció otra muestra de su arte con la comedia de "Cesar A gusto", esta vez en la Plaza de la Culebra, totalmente abarrotada de un público que se entregó por completo a la risa y la diversión. Pero, durante la semana, también tuvimos a otro grupo de jóvenes del IES de Astorga, guiados por la experta mano de su directora Ana Silva (también astorgana), que nos presentaron la obra "Libros", un encaje de divertidas situaciones en torno al libro, sus personajes y sus creadores y creadoras.  Y un ya habitual grupo de “Jóvenes Valores” que dirige la conocida mano de Gemma, que volvieron a poner en escena, para deleite de grandes y pequeños su "La bella y la bestia", en un Teatro Diocesano que dio cobijo a dos pases con una gran afluencia de público. 
 
Gracias a todos ellos, en Astorga, sin duda, reverdece con fuerza el árbol del Teatro.
Un buen augurio de futuro.  

ÁNGELES CAÍDOS. Un relato para el Centenario del Palacio de Gaudí



Leo en un periódico como, en este año de centenaria celebración en torno al Palacio de Gaudí surge para el público el proyecto "El palacio escondido" y no puedo por menos que recordar aquellos momentos en los que yo deambulaba por el mismo a través de los juegos, principalmente el escondite, en compañía de una niña cuyo nombre no llego a recordar nítidamente y que debía ser la hija del guardés de entonces. Imagino que aún el museo no estaba en marcha, o si lo estaba eran momentos muy incipientes en los que nosotras irrumpíamos en las salas sin que nadie nos llamase la atención. Recuerdo un salón con un gran mesa de comedor y, junto a las paredes, inmensos aparadores donde se exhibían vajillas del tipo de las de la Cartuja de Sevilla. Recuerdo pararme frente a ellas y comentarle a mi amiga que eran como las que se guardaban en casa de mi abuela para los días de fiesta. 

Pero lo que más recuerdo era como jugábamos a escondernos en el gran foso al que accedíamos por alguna pequeña puerta del sótano, corriendo sin parar de un lado para otro, arrancando en alguna ocasión ejemplares de las "Milflores" que crecían a veces entre las piedras de los muros. Y, sobre todo, sobre todo, aquellas moles impresionantes que se elevaban sobre pedestales más altas que nosotras y que parecían observarnos con hueca y fría mirada. 

Con el paso del tiempo, sustituida la infancia por la adolescencia y por los primeros años de juventud, los juegos dieron paso a momentos de esparcimiento más tranquilo  por el pequeño paseo que proporcionaba su reducido tramo de muralla, siempre con la presencia callada de aquellos arcángeles que no encontraban su lugar definitivo, lleno el entorno de sugerentes rincones para jugar a hacer fotografías. 

La presencia del Palacio forma, pues, parte importante de mi proceso de crecimiento y he de decir que desde bien pequeña tuve la suerte de contar con mi propio "palacio escondido", ese que muy pocas personas podían conocer, ese de cuyos recuerdos surgió el relato que aquí dejo en homenaje a aquellos días y a cuantas personas los compartieron con la niña que era yo entonces. 

ÁNGELES CAÍDOS

Estaban allí. Vigilando nuestros movimientos desde sus altos pedestales de granito, desde la intensa frialdad de sus grandes ojos plomizos.

       Acechaban nuestros pasos y carreras por el foso inútil de aquel palacio que parecía, parece aún, de juguete  o más bien de cuento de hadas, siguiendo de cerca nuestros juegos de princesas atrevidas – aún ni siquiera adolescentes – en la quietud de aquellas paredes de castillo encantando.

    Parecían seguir nuestras evoluciones a través de las grandes cristaleras de colores, mientras nosotras tratábamos de ignorarlos, de mantener lejos de nuestras mentes de niñas el temor que nos causaba su impávida quietud, al tiempo que vagábamos por las grandes estancias, sentándonos a la inmensa mesa de comedor de la primera planta, jugando por el foso inútil que rodeaba el edificio, mientras cogíamos “milflores” nacidas entre los muros de la antigua muralla sobre la que se asentaba, imaginando historias de princesas encantadas.    

Ellos eran tres, tres ángeles gigantescos o más bien arcángeles, aunque nunca los llamamos de esta forma... Eran los ángeles del palacio. Aquellos que un día debieron haber culminado su parte más alta y que, una vez desaparecido el “padre” arquitecto que los había ideado, nadie supo cómo colocar en los lugares para ellos destinados.  Nunca pude entender como Gaudí pretendió culminar el palacio con ellos. Me parecían tan grandes, tan pesados, que imaginaba no había torre ni pináculo capaz de soportar su sobriedad. Y de hecho, el sustituto de tan especial cabeza no dio con la solución para ello, y allí los dejó, guardianes impasibles de lo que pasaba alrededor con la simple mirada de su altura distante que les daba su inmenso tamaño... situados en el pequeño jardincillo que rodeaba el palacio episcopal, sobre sus correspondientes  pilares, mucho más altos que cualquiera de nosotros por mucho que pudiéramos llegar a crecer.

Parecían mirarnos expectantes, desde su altura, vigilando nuestros juegos y actos. Personalmente, a veces llegaban incluso a intimidarme, pareciendo reprobar mis actuaciones. Pero otras veces se convertían en testigos amistosos de nuestros juegos. Y , eso sí, siempre estaban allí, grandes, majestuosos.


Pero un buen día, para nuestra sorpresa,  desaparecieron de su pedestal, dejando un importante vacío en aquel espacio que tan grandiosamente ocupaban.

 Para mí la sorpresa se convirtió en susto  cuando, aquel mismo día,  entré en casa de mi abuelo, situada a pocos pasos del recinto del palacio.


 Mi abuelo era el fontanero de la comarca. La parte baja de su casa de dos plantas estaba dedicada toda a ella a su negocio y allí se amontonaban en tres habitaciones y un zaguán materiales de fontanería: herramientas, tuberías, codos, grifos, rollos de esparto, ... dotando este espacio de un olor especial que aún muchas veces se me agolpa en la memoria y en la boca.

                Allí, en el lugar por el que yo me deslizaba a menudo observando el trabajo concentrado de mi abuelo, que en muchas ocasiones torneaba artísticamente los tubos, yacía humillado uno de aquellos “angelicales” colosos. Dormía en la penumbra del portalón, compartiendo su grandiosidad caída con las largas y plúmbeas cañerías  que ocupaban aquella parte baja de la casa, un ángel caído que reposaba  frío y quieto entre tuberías y herramientas.

Acababa de llegar del colegio cuando, nada más entrar, fue su inmensa mole lo primero que me encontré, sus grandes ojos vacíos acechándome desde el familiar zaguán. Su cuerpo yacía como un material más que pudiera ser moldeado y trabajado de forma caprichosa por las manos artesanas de mi abuelo.

                 Toda aquella grandiosidad humillada ahora  en el suelo del taller de fontanería debería haberme parecido menos aterradora pero, muy al contrario, tener tan cerca de mi cara de niña su enorme rostro de ángel caído me causó una gran inquietud.

                Acerqué mis manos hasta su gran cuerpo inerme en un intento por perderle de una vez por todas el respeto temeroso que me inspiraba. Lo toqué con miedo sin saber a ciencia cierta la sensación que esperaba recibir....

                Estaba frío, frío como los tubos de plomo que a diario manejaba mi abuelo y que invadían todo el taller, sobre los que yo me subía de vez en cuando haciendo equilibrios por su resbaladiza y redonda superficie amontonada.

                Por un momento estuve, efectivamente, muy cerca de perderle el respeto, tentada de sentarme a horcajadas sobre su gran cuerpo caído. Pero algo (quizá fui yo misma) debió golpear aquel hueco esqueleto y una sonora y bronca  reverberación se extendió por todo él, como un profundo y continuado latido.

                Me asusté. Me asusté extremadamente y escapé de aquel taller, escapé también de casa de mi abuelo y me refugié en mi casa, situada no mucho más lejos.


                Aquella noche soñé de nuevo con aquellos grandes ojos vacíos e inquisitivos mirándome insistentemente, siguiéndome con fijeza por dondequiera que iba. Un sudor frío me bañaba por entero, empapando las sábanas mientras daba vueltas en sueños intentando esconderme a su mirada que parecía perseguirme con  insistencia.

                Desperté sobresaltada.... Estaba en mi cama. En mi casa. Lejos del taller de mi abuelo, y a salvo de los ángeles caídos. Suspiré aliviada al oír el sonido de la televisión que mis padres veían en la habitación de al lado. Pero como un instinto de protección me agarré con fuerza a las sábanas de mi cama y me tapé con ellas hasta la cabeza. Después de un rato de seguir escuchando el familiar ronroneo televisivo, conseguí quedarme dormida de nuevo, esta vez sin sobresaltos.

                Al día siguiente el ángel aún continuaba en el portalón de mi abuelo. Y allí permaneció todavía durante varios días, sustituido después por sus otros dos compañeros. Y durante ese tiempo yo me deslizaba cada día por la escalera, hacia la parte de arriba de la casa, intentando mantener mi mirada de niña temerosa alejada de la  suya, fría y vacía, intentando pasar lo más lejos posible de aquella plomiza mole derrumbada.

                Al cabo de un tiempo, los ángeles volvieron a su lugar habitual, a sus pedestales,  ya reparados por las manos expertas de mi abuelo. Por circunstancias de la vida yo comencé a frecuentar cada vez menos el palacio, pues la amiga con la que compartía mis juegos en sus salas, se fue.

Ya de un poco mayor acudí de nuevo a este espacio. Estudiaba en el instituto, que estaba justo al lado, y la zona era perfecta para dejar transcurrir la escasa media hora de  descanso que teníamos  durante las clases de la mañana. Pero, durante un tiempo, aún mucho tiempo, evité mirar sus grandes ojos vacíos...


Han pasado los años. Cambiados de ubicación, los ángeles siguen en el entorno palaciego, vigilando con su apostura lo que pasa alrededor, como guardianes eternos de mitos, de leyendas, de tantas cosas. Se ha pasado el temor infantil. Pero aún hoy me pregunto si guardan algún misterio cuando nadie consiguió colocarlos en las alturas para las que su creador los había ideado, y me pregunto también si habrán causado en alguien más, durante todos los años que llevan vigilando, el  mismo temor incierto que un día a mí me causaron.
                                                                                                  M.G.R