lunes, 10 de septiembre de 2012

UN RELATO PARA EL 1812

Escrito para las Noches poéticas del Centro Marcelo Macías, bajo el epígrafe general de "Mitos y leyendas del 1812". No he podido resistirme a la tentación de crear mi propia historia a partir de los retazos de tantas historias o leyendas surgidas en nuestra ciudad, desde aquellos tiempos a los de mi juventud. ¡Qué la disfrutéis!

DESDE LAS SOMBRAS DE LA NOCHE.

             Francisca aceleró sus pasos al pasar frente al enorme caserón que lucía el antiguo escudo de los Salvadores. Se contaban muchas cosas sobre aquella casa desde que en 1808, con la llegada de los franceses a estas tierras, algunos oficiales la tomaran como residencia, mientras sus tropas peleaban frente a las murallas de Astorga, fieramente defendidas por sus habitantes: hombres, mujeres, niños...
Y muchas de esas cosas se contaban en voz baja, entre susurros, con las miradas llenas de miedo y el aliento entrecortado. Algunas de ellas no eran agradables de oír, así que, aunque apenas se veían ya franceses en el pueblo, Francisca no podía evitar un respingo cada vez que pasaba ante esas puertas, y aceleraba el paso en un inconsciente impulso.
Siguió caminando ligera en dirección a las huertas del Prao San Juan, donde el resto de la familia aguardaba el almuerzo, deseando hacer una parada en las duras tareas veraniegas.
El calor se está cebando este año sobre estos parajes. Y hay quien dice que es la maldición de los franceses. Hace ya cuatro años que llegaron a estas tierras, hace ya cuatro años que se quedaron. Y desde entonces – murmuran las malas lenguas – son más crudos los inviernos y mucho más secos los veranos.
¡Supersticiones! – le dice su tía Andrea. Pero a Francisca le queda siempre una ligera duda de quien dice la verdad, si Andrea, que es una mujer un tanto adelantada a sus tiempos, o todos aquellos que viven desde siempre en el pueblo. Aunque tal vez sea que la memoria  es frágil y se olvida fácilmente lo que aconteció en años anteriores.
Por fin puede la chica desembarazarse del almuerzo y realizar su escapada matutina. Le encanta trepar a las rocas que bordean el camino, subir cada vez más alto, intentando acercarse un tantito más al cielo, a ese cielo azul que luce esplendoroso sobre sus cabezas. Es su camino hacia la libertad, aunque solo sea por un rato, una libertad que parece prohibida a las mujeres de estas tierras. Por eso, a veces, a pesar del temor que le han inculcado hacia los franceses, sueña a menudo con ese país vecino donde dicen que se hizo una revolución para que hombres y mujeres de todas las clases sociales, fueran libres y tuvieran los mismos derechos. Aunque ahora  mismo es, para ella,  uno de esos momentos de libertad. Con su zagalejo enrollado hacia arriba, dejando libres sus enaguas, avanza con la agilidad de un gato salvaje en busca de su roca preferida. Esa en la que la leyenda dice se posó el caballo del patrón Santiago cuando luchaba contra los moros durante la reconquista de España. Debía ser uno de esos caballos voladores de los que hablan cuentos y leyendas  -  piensa -, pues las huellas siempre aparecen grabadas mirando hacia el vacío, allí donde se supone tomaba impulso el animal para afrontar el siguiente salto. Debía ser que Santiago iba reconquistando España a inmensos saltos de su caballo. Esta zona debió ser especialmente visitada por el Apostol, porque no es esta la única huella que dicen procede de su montura en un entorno relativamente próximo.
Francisca agita la cabeza para quitarse de encima estas ideas, aunque sabe que es ésta tierra de leyendas. Y vuelve sus ojos por un instante hacia Astorga, que se divisa al fondo elevando sus torres catedralicias por encima de murallas y tejados.  Allí es aún más ajena esta libertad que ella respira, especialmente en momentos como este. La ciudad lleva ya dos años rendida a los franceses y, aunque pareció recobrar la normalidad tras la derrota, la mayoría de sus habitantes siguen viviendo estos días como tiempos oscuros. También los viven así los franceses, pues tras el sangriento precio de la victoria, no están seguros de haber doblegado para siempre a sus habitantes, que tan heroica resistencia ofrecieron a su asedio. Por eso vigilan muy de cerca sus movimientos, tanto dentro como fuera del recinto amurallado. No olvidan en ningún momento como intentaron envenenar a su emperador, en la breve visita que hizo a esta plaza, y lo rápidamente que se movilizaron para hacerlo.
Las escasas veces que Francisca ha conseguido, desde entonces, hablar con la familia que vive en la villa, le han dejado traslucir la suerte que tiene de disfrutar de esta libertad, aunque la considere pequeña. Durante el día. Pero, sobre todo, también por las noches, cuando el vecindario puede juntarse abiertamente en esos filandones en los que comparten risas, juegos, canciones, bailes,... y en los que se van desgranando todas esas noticias que, pudiendo tener interés, o no, les sirven para mantener la actualidad de otros lugares y personas.
Y es que en Astorga siguen siendo tiempos oscuros, como cuando dio comienzo el asedio. Durante las noches apenas algún farol a la puerta de una casa rompe en sombras la negra oscuridad de las noches sin luna, mientras desde el adarve de la antigua muralla se atisban brillantes y blancas las estrellas, ajenas a los ojos de los lugareños, que tienen prohibido su libre transitar por las calles, tras la caída del sol.
Francisca se ha quedado absorta en estos pensamientos, ajena al paso del día, hasta que un insistente rayo de sol se empeña en calentarle la cara en demasía. Calcula por su posición la hora aproximada y, consciente de que su abuela  estará reclamando impaciente su presencia, encamina sus pasos ligeros hacia la casa.

Mientras tanto, en Astorga, avanza el día hasta que por fin llega una calurosa noche veraniega. El intenso calor hace difícil conciliar el sueño, incluso en la mejores casas, construidas con gruesos muros. En una de ellas, un grupo de gente se reúne en torno a una velada. Y es que, a pesar de la prohibición expresa de transitar por las calles tras la caída del sol, los lugareños han encontrado la manera de burlar la guardia y reunirse en patios y portalones para hacer más llevaderas las horas nocturnas.
Precisamente en esta casa, tan próxima al lugar donde corrió peligro la vida de Bonaparte, comienza a extenderse el rumor. Un ejército de españoles avanza desde las lejanas tierras de Cádiz, empujando hacia el norte a los franceses. En muchos lugares, grupos de voluntarios apoyan su avance, mientras el ejército inglés aporta también armas, soldados y estrategias. El rumor crece de persona en persona salpicando de gestas surgidas en otras tierras que han logrado, poco a poco, recuperar su libertad. Hombres y mujeres hablan en voz baja, muy baja, susurrándose los hechos llegados allende las murallas. Y una cierta inquietud comienza a extenderse por el grupo.
Ajenos a la seriedad del momento, los más pequeños de la casa juegan, en un aparte, a juegos de batallas y de burlas de franceses, procurando no armar demasiada bulla que llame la atención de la soldadesca de guardia, algunos de cuyos integrantes son muy jóvenes e inexpertos y con el gatillo de su mosquetón demasiado fácil.
Esta misma estampa se viene repitiendo, día tras día, en muchos otros puntos de la ciudad, cada vez con más frecuencia. Y cada vez son más insistentes los rumores de que un ejército libertador se acerca.
Esta noche, justo cuando la sombra de la catedral planea más impresionante sobre los tejados, bajo la clara luz de la luna, un profundo y repentino silencio interrumpe la conversación, mientras por el ventanuco abierto se oyen resonar las claveteadas botas de la pareja de guardia.
A continuación, un profundo suspiro, como un hondo lamento – casi un estertor – se extiende en el silencio de la noche, produciendo entre la guardia un revoloteo de mutismos, pasos confusos y revuelos, mientras temblorosas voces, con marcado acento francés, interpelan por las vacías calles:
-          ¿Quién va?,   Qu’il va ici?
La joven Visitación tapa su boca con sus manos, para que su risa no delate por la ventana abierta la clandestina reunión de aquella casa, recordando por un instante el susto de su prima Francisca al oír aquel mismo sonido hace ya algunos años, antes de que se aposentasen en Astorga los franceses.
Un nuevo y quejumbroso suspiro rompe la calma de la noche... Y otro... Y otro... Y otro... Todos semejantes. Todos diferentes.
En la calle, aumenta la confusión entre los soldados franceses. Dentro, se miran unos a otros divertidos conteniendo sus risas como pueden.
En un arranque, Álvaro agarra decidido las manos de su mujer y la lleva hacia la ventana diciéndole bajito:
-          Tú pregúntame en voz alta que ruido es ese y luego sígueme la corriente. 
Manuela le mira sorprendida, pero asiente con la cabeza.
-          Álvaro, ¿has oído? ¿de dónde viene ese ruido tan espantoso?
-          No te preocupes, mujer. Dicen los viejos del pueblo que son los lamentos de Pedro Mato, que, cada ciertos años, pasea su alma por las naves desiertas de la catedral.
-          ¿Un fantasma, me estás diciendo?
-          Algo así. Aunque en realidad dicen que es su estatua, que cobra vida por las noches para ayudar a los astorganos cuando presiente que un peligro les acecha. Por eso vigila desde la torre, por expreso deseo suyo.
-          Entonces, ¿por qué no nos ayudó cuando nos invadieron los franceses?
-          Tal vez no era el momento, mujer, o tal vez eran entonces demasiados.
-          No sé que decirte, Álvaro. Me parece un tanto extraña esta historia.
-          Pues, créetela, mujer. Yo he sido testigo en anteriores ocasiones de la misma. Mira, ven, acércate a la ventana y mira fijamente su figura, ¿qué ves?
Hicieron un silencio, mientras el resto de la audiencia contenía las risas como podían.
-          ¿Qué hacemos contando historias de fantasmas si quienes nos escuchan hablan en francés y seguramente no se están enterando de nada? – exclama Manuela en un susurro.
-          De lo suficiente, mujer – contesta el astorgano -. Tú sígueme un rato más la corriente y veremos lo que pasa.
-          ¡Ahora! – clamó Álvaro, elevando la voz para que le oigan bien los franceses. - ¿Has visto como se ha movido?
-          ¡Sí! – da un grito Manuela- ¡Ay, Álvaro, qué es verdad lo que decías!
En ese preciso instante se elevó sobre la noche un nuevo lamento. Inmediatamente, se oyó una carrera desordenada de pasos que escapaban.  En el portalón el grupo prorrumpió en risas y carcajadas.
-          Estos pobres desgraciados se han creído de verdad que el lamento de las lechuzas es el alma castigadora de Pedro Mato.
-          Sí ¡Pobres! Hay que tener imaginación para creer que lo han visto moverse allá en la torre.
-          ¡O mucho miedo! Y las nubes deslizándose ante la luna llena han ayudado, dándole a la estatua sensación de movimiento.
Hay quien aún continúa con sus risas.
-          ¡Pobres chicos! – dice Teresa en un arranque de piedad - ¡Qué culpa tienen ellos de que se los hayan llevado a la guerra siendo aún unos niños!
-          ¡No te pongas sentimental! – le contesta alguien -. No dejan de ser el enemigo. Y pueden convertirse en nuestra mejor baza para preparar el camino a los que llegan.
-          Pues no entiendo cómo asustar a unos niños puede ser la baza de nada – protesta aún Teresa medio enfadada.
-          Tranquilízate, mujer, ¿cuál es nuestro objetivo? Echar de nuestras tierras a los franceses ¿no? Recobrar de una vez por todas la libertad perdida y que nos gobiernen nuestras propias gentes en vez de gentes extrañas. Pues bien, si desde dentro realizamos pequeñas escaramuzas y hacemos correr la voz de que es Pedro Mato quien está detrás de todo ello, tal vez cunda el pánico entre estas jóvenes tropas y , cuando lleguen los nuestros será  más fácil que, entre todos, podamos derrotar al enemigo.
Volvió la noche al cuchicheo. Todos los hombres de aquella casa, y algunas de las mujeres, trazaron planes para desgastar de esta forma al enemigo y poner a flor de piel sus nervios.

                A partir del día siguiente, las mujeres en el mercado, en los lavaderos, en las fuentes, comenzaron a correr el rumor de que el alma de Pedro Mato rondaba de nuevo por la Seo, mientras contaban imponentes hazañas del pasado. El calor que seguía reinando durante las horas nocturnas ayudaba, extendiendo por doquier el sonido de la respiración profunda de las lechuzas. Y también la luz de la luna, creando juegos de luces y sombras con las nubes provocadas por el calor de las jornadas.
También la actitud de los hombres favorecía este clima, pues se volvió misteriosa en las tabernas, en los lugares de reunión, en los trabajos.
               Al mismo tiempo, y siempre de noche, comenzaron a producirse pequeñas escaramuzas en diversos puntos de la ciudad. Y siempre los soldados llegaban a tiempo de ver escabullirse entre las sombras a una única figura masculina, vestida a la misma usanza del hombre que coronaba aquel pináculo catedralicio. Ora aquí, ora allá, ...
                 Y, de vez en cuando, una risa profunda rasgando la quietud de las sombras nocturnas.

                Varios días, varias semanas incluso, duró el asedio del “fantasma”. Habían dejado de oírse esos hondos lamentos que pusieron en marcha los rumores. Pero fueron sustituidos por las risas burlonas y profundas que se oían tras la desaparición de unos víveres, del robo de algunos mosquetones, de la pólvora, de algunos enseres pertenecientes a la tropa, e incluso de la desaparición de algún que otro soldado. Sus ánimos comenzaban a mostrarse muy alterados. Cada día en mayor medida se negaban a hacer rondas de noche, se volvían suspicaces durante el día, e incluso llegó a producirse alguna que otra deserción.
                La gente del lugar no ayudaba a calmar la situación. Antes al contrario, soliviantaban aún más sus ánimos, observándolos con caras de sarcasmo cuando se cruzaban con ellos, haciendo corrillos desde los que susurraban continuamente.
                Los nervios estaban a flor de piel. Ante esta situación, que se estaba volviendo insostenible, el general de la plaza convocó urgentemente a todos sus oficiales para darles la orden expresa de que cortaran de raíz e ¡inmediatamente! tales circunstancias. A uno de los tenientes se le ocurrió una idea. Convocó a todo un batallón y lo llevó esa noche a las proximidades de la catedral, con las armas cargadas y listas para disparar. Los situó a todos justo debajo de aquella imagen que se recortaba, imponente, contra el cielo, en aquella clara noche de luna llena. Y obligó a los hombres a no perder de vista la figura para demostrarles que solo su imaginación le daba vida a aquel muñeco.
                  Pasaron los minutos. Los soldados no perdían de vista a Pedro Mato. Entonces una nube cubrió la estatua y uno de ellos gritó:
 “Il vivre”  “Il est vive”      
         Un murmullo comenzó a extenderse entre las filas de soldados junto a un movimiento casi imperceptible. Antes de que se produjese la desbandada, el teniente ordenó a la tropa apuntar y disparar.  Su intención era demostrarles que aquello no estaba vivo, o, en caso de que lo estuviese – cosa harto improbable – acabar con su vida para siempre.
                 Pero algunos de los disparos impactaron en la mano de Pedro Mato, arrancando con ello uno de sus dedos, que cayó pesadamente al suelo.
           El dedo golpeó a uno de los soldados, que cayó instantáneamente muerto, provocando a su alrededor una explosión de sangre que cubrió a otros compañeros  que se encontraban próximos a él. Una cierta histeria se apoderó de la tropa y algunos de ellos se desmayaron de la impresión, cayendo también al suelo.
                 La desbandada fue general. Comenzaron los gritos y carreras
-          ¡Con un dedo ha matado a cuatro!
-          ¡No, no, que  han sido ocho!
             Entre las sombras de la noche, algunos maragatos, con el sombrero característico, aumentaban el desconcierto entre la soldadesca, añadiendo a sus gritos espeluznantes risas y anuncios de que aún era mayor el número de los muertos. SONABA A VENGANZA.
        Ningún soldado se detuvo a recargar su mosquetón y dispararlo hacia las sombras. Todos, sin excepción salieron en desbandada dejando incluso abandonados el cadáver de su compañero muerto y los cuerpos de los desmayados.
          Esa noche se produjeron multitud de deserciones y, entre los que se quedaron , fue muy difícil mantener la moral alta y la disciplina.
          A los pocos días llegó el ejército español que, tras varias jornadas de asedio, rindió la plaza y la recuperó de nuevo para el gobierno propio.
              Y la mañana del 19 de agosto de aquel año de 1812, salieron de Astorga los franceses. Derrotados, cabizbajos, mirando de soslayo esta figura  con traje maragato que había tenido gran parte de culpa en su derrota y que parecía despedirse de ellos con irónica sonrisa, sin uno de sus dedos en la mano.

            Han pasado ya unos días. La ciudad vuelve a la calma y a la rutina. Por doquier se trabaja para eliminar lo antes posible los rastros del último asedio sufrido.
                Manuela platica con su joven prima Francisca que ha venido a echar una mano. Sentadas a la puerta de la casa, le cuenta el revuelo que organizaron entre el ejército francés a costa del sonido de la lechuza, el mismo que también a ella le había procurado tanto temor la primera vez que lo escuchó.
                   Ríen felices. A pesar de la destrucción corren nuevos aires para la ciudad. Y pronto, muy pronto, constituirán el primer ayuntamiento elegido por el pueblo.
                 Corren aires de cambio y de libertad para España. Y Astorga y su gente han aportado para ello su “pequeño” grano de arena, del que Pedro Mato seguirá siendo guardián  por los tiempos de los tiempos.

Escrito en Castrillo de los Polvazares
                                                   22 de agosto de 2012